miércoles, 26 de noviembre de 2008

LAS ARTIMAÑAS DE ULISES





EL DETALLE Y LO SINGULAR
Las artimañas de Ulises

Manuel Bernardo Rojas López
[1]
Agradecimientos
Quiero agradecer esta invitación. Me siento envigadeño, pero no de los raízales –y no por el hecho de no haber nacido acá, si bien sí he pasado casi toda mi vida en el municipio-, sino porque pienso que hay una forma, variedad o prototipo del habitante de Envigado que resulta completamente cuestionable. Es quien cree que este es el centro del mundo, lo mejor y lo único. Digo que es cuestionable, porque quienes miramos la vida de otro modo –bien porque los libros, el arte y los viajes nos han enseñado otra cosa- sabemos mucho de las falencias de este municipio; los que valoramos el pensar –virtud otrora tan importante y, hoy por hoy, tan vilipendiada-, vemos con preocupación que nunca hemos tenido una biblioteca pública decente, que no ha habido jamás una librería –con excepción de una o dos librerías de viejo que más parecen depósito de alimañas que lugares para el encuentro con el saber- y que la historia se sigue contando con la falsa idea del origen y con el afán de mostrar como verdades de fondo lo que no son más que contingencias que produce el tiempo. Los que hemos padecido en Envigado, porque optamos por formas de vida para muchos inútiles, vemos con preocupación cuánto nos falta para construir una sociedad más justa y democrática. Y lo que falta es el reto del pensamiento y la rebeldía, eso que en su día hiciera Fernando González, que hoy desafortunadamente se mira como patrimonio muerto y no como la vida que siempre nos incita a cambiar, a devenir, a no estar seguros de lo que hacemos y decimos. Pobre brujo hoy vuelto patrimonio; pobre Débora por muchos exaltada como lo “envigadeño”, arruinando así las posibilidades de una obra abierta –por utilizar la expresión del semiótico italiano Umberto Eco- en donde la interpretación localista, sin duda es la más insuficiente y la más mezquina.
Participar en un evento como este, es quizás una luz de esperanza en medio de esas oscuridades que muchos vemos; una luz que quizás no prospere y que en el mañana tal vez se apague. Pero al fin y al cabo, una luz, un fuego, de cuyos rescoldos a lo mejor puede emerger lo asombroso y maravilloso de la vida.

I. La estrategia del guerrero
¡Oh Demódoco! Téngote en más que a ningún otro hombre, ya te ha enseñado la Musa nacida de Zeús o ya Apolo, pues cantas tan bien lo ocurrido a los danaos, sus trabajos, sus penas, su largo afanar, cual si hubieras encontrándote allí o escuchado a un testigo. Mas, ¡ea!, cambia ya de canción y celebra el ardid del caballo de madera, que Epeo fabricó con la ayuda de Atena y que Ulises divino llevó con engaño al alcázar tras llenarlo de hombres que luego asolaron Troya.
(Homero, Odisea, VII, 487-495)

Así imploraba Ulises a Demódoco para que contara sus hazañas. Ulises, quien estaba de incógnito ante los feacios, imploraba al aedo que relatase la más célebre de sus hazañas, la del Caballo de Troya. Ulises u Odiseo es el hombre de las astucias, de las artimañas, el “fértil en ingenios” y “el destructor de ciudades”; Odiseo es quien encarna la astucia, aquello que los griegos llamaban Metis y que fundamentalmente es la habilidad para aprovechar la oportunidad. Aprovechar la oportunidad, ser hábil para el engaño, es algo que no es propio de todos los hombres y que requiere, en lo fundamental, de una formación, de un aprestamiento; la astucia depende de comprender los modos de actuar y pensar de aquel que ha de convertirse en nuestra víctima, o cuando menos, en el engañado bajo la forma de la obnubilación que producen las palabras del astuto. Ulises era tan astuto, que incluso según Higinio, se apropió de la idea del caballo. Según esta versión –distinta a la homérica y a la de Virgilio- la ocurrencia del caballo fue concebida por Atenea, quien inspiró a Prilis, hijo de Hermes, sobre esta estratagema. Ulises, en esta medida, lo que hizo fue atribuirse un mérito que no le pertenecía. Pero si concibió o no la idea, lo cierto es que en ambos casos él es un astuto, un hombre que aprovecha la menor posibilidad para sacar ventaja. El relato mismo del Caballo de Troya es muestra de ello. El caballo fue dejado al frente de la ciudad de Troya, en el lugar en donde estaba el campamento de los aqueos, el cual fue quemado para que los habitantes del Ilión creyesen que aquéllos habían partido, agotados en una guerra tan larga que parecía no tener fin. De hecho, quemar el campamento era un disfraz. Los griegos no se fueron, sino que algunos de ellos –veintitrés, treinta, cincuenta y algunos dicen que tres mil-, se introdujeron dentro de la construcción de madera, mientras que otros se escondieron frente a Ténedos y las islas Calidnes; el inmenso caballo de madera además, tenía un letrero que según Apolodoro decía: “En la agradecida anticipación del regreso a salvo a sus hogares, los griegos dedican esta ofrenda a la diosa”.
Todo estaba urdido, de tal manera, que los troyanos creyesen que los griegos se habían ido, que el caballo era una ofrenda y sobre todo para que, dado el sistema de creencias de los antiguos, tomasen semejante ofrenda, la introdujesen a la ciudad y así se congraciasen con la diosa que siempre se había mostrado a favor de los aqueos. Fueron los mismos habitantes del Ilión, los que llevados por su espíritu religioso, introdujeron el caballo y fueron ellos, por tanto, quienes introdujeron a sus enemigos en el centro de la ciudad. Sólo Casandra, profetisa en descrédito –cargaba la maldición de Apolo de que nadie creería sus profecías, al no haber querido yacer con él y sobre todo, al haberle escupido en el momento de darle un beso- y Laocoonte quien tampoco gozaba de la confianza ni de mortales ni divinos –era sacerdote de Apolo, también caído en desgracia al haber roto su celibato (tenía dos hijos) e incluso al haber yacido con su esposa Antíope en el altar, a la vista de la estatua del dios-, decimos, sólo Casandra y Laocoonte advirtieron sobre la trampa que allí había. Lo que sucedió después es harto conocido, quizás en exceso y simplemente conocido, pero bien vale la pena vincularlo con otros dos hechos. Junto con el incendio y el ataque nocturno de la ciudad, el que acometieron los griegos en la noche mientras los troyanos dormían, se dieron dos hechos concomitantes: las profecías de Casandra se cumplieron, y Laocoonte, a quien se le comisionó un sacrificio a Posidón (el caballo era también una figura que representaba a este dios), fue devorado, junto con sus dos hijos, por serpientes que salieron del mar.
Ahora bien, esta historia quizás tan traída de los cabellos bien vale la pena tomarla en cada uno de sus aspectos, o al menos en algunos de ellos. Ulises, lo decíamos arriba, es astuto porque sabe ponerse en el lugar de sus futuras víctimas; Ulises sabe de su enemigo, los modos de hacer y pensar y por tanto, la forma en que lo puede atacar. Los troyanos pertenecían al mismo horizonte cultural de los aqueos (aunque los segundos son llamados propiamente los griegos, lo cierto es que ambos son parte de la misma cultura) y quizás eso facilitaba la comprensión de Ulises de la forma en que habrían de proceder al dejarles el caballo-ofrenda a la vista: lo tomarían para congraciarse con los dioses que tan adversos les habían sido. Conocía al dedillo el sistema de creencias de quienes quería derrotar; lo conocía hasta tal punto, que si no es porque otros pasajes de Homero, Virgilio, Higinio y Apolodoro, nos demuestran lo contrario, podríamos suponer que Ulises utiliza las creencias de los otros, mientras que él no cree en nada. Ulises es fundamentalmente, un interpretante de las maneras culturales de los troyanos y por tanto, es a partir de esa cualidad, como puede hacer pronósticos de cuál será el comportamiento de los habitantes de la sitiada ciudad. Podemos decir entonces, que Ulises es conocedor de las reglas de una cultura y ello le permite prever lo que ha de ocurrir; ocurrencias del futuro sin embargo, que bien pueden no ser realizadas y en donde siempre queda un margen de incertidumbre.
Esto que decimos de Ulises no es en modo alguno desdeñable, porque nos dice algo fundamental de nosotros mismos: todos en nuestra cotidianidad hacemos lo mismo que este maestro de los ingenios. Ulises no hace otra cosa más que radicalizar la experiencia humana fundamental y que nos permite habitar, y sobre todo, territorializar el mundo de forma habitual. Todos somos, de alguna manera, Ulises. ¿Cómo llamar a esta experiencia cotidiana? Llamémosla por ahora, como el conocimiento de detalles que permite de alguna manera hacer generalizaciones con las cuales podemos salir más o menos bien librados. Es la experiencia de todos nosotros, que siempre nos fijamos en los detalles, en lo singular, para tratar de elaborar estrategias en el vivir. Sólo que en el caso de Ulises es más connotado el efecto de su argucia, de su capacidad de mirar detalles; y lo es, porque es una observación refinada, la observación propia del cazador. Ulises es un guerrero, pero es uno que depende de su fuerza, de su espada, de su lanza y su escudo, de su vista aguzada; Ulises es un guerrero antiguo y por tanto, un cazador. Los cazadores son los que tienen que estar tras el rastro de los detalles nimios, para asegurar el éxito de su labor; las pisadas del animal indican la dirección en la que va, una rama quebrada del bosque dice cuán alto es –por tanto cuál es su peligrosidad-, un olor dirá su proximidad. El cazador, Ulises y nosotros en nuestra cotidianidad, somos, seguidores de huellas y desde allí elaboramos hipótesis del mundo, nunca verdades definitivas, que nos pueden o no servir; hipótesis que en realidad, como dice la semiótica, son inferencias, abducciones, o como diría en su momento Aristóteles, son apagoge. Lo que somos, lo que pensamos, lo que nos hace posibles en el mundo, es la capacidad de mirar lo singular y los detalles. Y ello vale para todo. Para saber cuándo va a llover, para saber si quien nos interesa también nos presta atención, para saber si somos objeto de una conspiración en contra nuestra. Pensar es detallar y singularizar: palabras, gestos, huellas, indicios o síntomas. Pensar es tratar de hacer una hipótesis o una regla a partir de esos detalles.
Y sin embargo, lo que parece tan cotidiano, no garantiza en modo alguno el éxito de nuestras inferencias. Ulises intuía qué podrían hacer los troyanos; pero también –si acaso no tuviese una maldición- cabía la posibilidad de que hiciesen caso de Casandra. A la sazón, ella también era una lectora de indicios, de de detalles, y desde ahí era que hacía su labor profética. Tendemos a creer que en cuanto tal, una hechicera o profeta, como en este caso, lee misterios en el cielo o en lo invisible; lo cierto del caso es que lo que hace es visibilizar lo que está a la vista de todos y que nadie quiere ver. Un adivino o adivina, lo que hace es pronosticar sobre lo que otros no quieren ver; es un tanto, como ver la carta robada –por evocar a Edgar Allan Poe en su célebre relato y que tanto gustaba a Lacan- en donde nadie se espera que esté; un adivino es un detective, y más aún, es un investigador. Quizás, haya niveles diferenciales en su hacer –es evidente que el científico no tan fácilmente lo podemos equiparar al brujo, o que un detective no hace conjuros mágicos para detener a un criminal-, pero lo cierto es que todos ellos tienen algo en común: leen detalles y singularidades, que es lo que podemos llamar “signos”. Un detalle es un signo, y este signo hace parte de una red y de unos horizontes de significación que algunos llaman códigos y otros enciclopedia; un signo por tanto, es algo que se ve –o se siente de alguna manera, ya que un olor también puede ser significativo- y sobre todo, que se interpreta por referencia a los códigos o el espacio enciclopédico en el cual emerge. Un mismo detalle, singularidad o signo, se interpreta de modo distinto según esas codificaciones o espacios contextuales.
Tomemos por caso otra vez, el Caballo de Troya. En él vemos que Ulises sabe de los códigos religiosos de los troyanos y por eso les crea la trampa; fácilmente puede prever el comportamiento de sus enemigos. Casandra, entre tanto, ve en el Caballo un signo e infiere –que así se llama este proceso- lo que puede suceder, porque conoce que entre los Aqueos está Ulises y cuán tramposo es; Casandra está informada del contexto de sus enemigos. El primero deja un indicio, un signo, que la mayoría no logra interpretar; sólo la adivina logra prever lo que ha de ocurrir. Desde nuestra perspectiva, la actitud de los troyanos es una actitud ingenua y Casandra se nos presenta como un ejemplo de prudencia: debieron ver las entrañas del caballo antes de introducirlo a la ciudad; debieron destruirlo o simplemente, si hubiesen esperado un tiempo prudencial, los Aqueos por hambre y necesidad habrían salido del artilugio. Sin embargo, todo aquello que se nos ocurre no deja de ser un sinsentido; lo atractivo de la historia es que ocurra como está establecida y no soportaríamos un final alternativo, justamente porque el Caballo de Troya también sirve para indicarnos que todos, en mayor o medida, somos víctimas de la falsa lectura de signos. El común de los troyanos leyó lo que allí había desde unos códigos religiosos y actuó en consecuencia; o mejor sería decirlo, actuó llevados por unos hábitos culturales que difícilmente podían removerse o ponerse en duda. Bien se puede llamar a esos hábitos, altamente codificados, unos prejuicios pero también, el mínimo saber para poder sobrevivir en el mundo; sin su religión los troyanos, y los griegos en general, tampoco hubiesen tenido la grandeza que tuvieron, aunque fue esa misma visión religiosa la que en este caso particular los llevó al límite. Digámoslo entonces, extrapolando esta situación, los códigos –culturales, de la ciencia, de un saber o una disciplina- son espacios potenciales para la creación, pero también son limitaciones; garantizan una libertad de acción, pero también inhiben otras alternativas. Nosotros podemos, si queremos –aunque repito, ello no deja de ser absurdo- cuestionar la actitud ingenua de los troyanos; pero mejor sería mirar, nuestras ingenuidades que no nos permiten pensar desde otro lado, que no nos permiten descodificarnos o simplemente transcodificarnos.
Un célebre ejemplo de otro Caballo de Troya es el caso de Galileo sometido al juicio de la Inquisición en los primeros esbozos del mundo modernos en el siglo XVII. La Iglesia Católica –que había encontrado un equilibrio en las tensiones entre la fe y la razón, gracias a Santo Tomás- tenía una concepción física tomada de Aristóteles y ajustada a la doctrina bíblica: la tierra en el centro y alrededor girando las esferas celestes, entre ellas la que correspondía al sol; la prueba de ello estaba en que Josué, según el texto bíblico había podido detener la marcha del sol como estrategia para derrotar la ciudad de Jericó. Lo que Galileo, a partir de la lectura de los textos de un religioso polaco (Copérnico) y de sus observaciones logradas gracias al telescopio que él mismo contribuyó a construir y perfeccionar, era todo lo contrario: el sol estaba en el centro y alrededor giraban la tierra y los otros planetas. Pero incluso, la forma en que el astrónomo italiano enunciaba esta interpretación del mundo y del universo, era muy distinta de la forma en que hasta ese momento se había enunciado la verdad del cosmos (incluso en Copérnico); en otras palabras, la ciencia medieval –si acaso la expresión cabe, considerando que hay un saber sobre el mundo con eficacia y suficiencia explicativa- utilizaba los signos de una forma distinta, y sobre todo encontraba en todas partes signaturas que evocaban la escritura misteriosa y casi mágica de Dios. El cosmos era finito, aunque podía tener ilimitadas cosas; lo que estaba arriba (el macrocosmos) estaba análoga o semejantemente ubicado abajo (en el microcosmos); el “orden” medieval (la expresión orden incluso podría ser inconveniente o anacrónica, pero se puede utilizar para señalar justamente la diferencia) era un orden religioso y mágico, ya que cualquier cosa del mundo entablaba relaciones de similitud, simpatía, conveniencia o emulación con otras cosas del mundo o con elementos del macrocosmos o incluso, con seres invisibles como los ángeles y querubines. Esta forma de saber, Michel Foucault la llamó en Las Palabras y las cosas la episteme de la semejanza, y perduró –o fue el centro de las formas de saber- hasta el Renacimiento, hasta el siglo XVI; forma de saber que hoy pervive, vulgarizada, en los discursos del astrólogo que ve signos en el cielo que revelan el carácter de cada uno y los avatares que en el futuro pueda enfrentar. Pero Galileo no era astrólogo, sino astrónomo; él no veía en Mercurio el rasgo distintivo de la ambigüedad de carácter de quienes son Géminis o en Saturno el símbolo de la melancolía, sino que veía en Mercurio y Saturno planetas que giraba alrededor del sol y esta rotación se podía explicar bajo otra forma de código, ya no mágico, sino matemático. Para Galileo el universo empezó a tornarse infinito, pero también calculable; y si Dios escribía, no la hacía mágicamente, sino matemáticamente. En otras palabras, Galileo estaba planteando un cambio de código, una descodificación del saber medieval para construir otra forma de código –el de la física moderna- para explicar los mismos signos; signos en donde el astrólogo veía el misterio, y en donde el astrónomo no veía más que retos matemáticos. Galileo es pues, un Caballo de Troya en medio del troyano mundo del saber medieval y de la doctrina oficial de la Iglesia Católica, reforzada por la Contrarreforma e instrumentalizada por esa mácula que fue el Tribunal de la Inquisición.
[2]
Sin embargo, lo que realmente importa en la argumentación que acá pretendemos, es el juego de un mismo signo y el modo en que puede ser interpretado –no leído, ya que el cielo no es algo que se lea como quien lee una novela, sino que se interpreta, es un “texto” abierto y no lineal- de forma distinta según los códigos en los cuales se esté. Un signo, esquemáticamente, lo podemos entender del siguiente modo:


Un signo es una relación, no es algo que en sí mismo esté dado. Kepler, para cambiar de astrónomo y utilizar el ejemplo de Umberto Eco, conoce esta perspectiva heliocéntrica y aventura una hipótesis que radicaliza más el desbarajuste del saber medieval: las órbitas de los planetas no son esféricas o perfectamente circulares, sino elípticas. Valiéndose de las observaciones de otro, en particular de las de Tycho Brahe, y de los indicios y detalles que le daba la rotación de Marte, Kepler utiliza los códigos de la física moderna naciente y aventura una hipótesis que tuvo que verificar mirando la rotación de otros planetas. Kepler cabe aclarar, hizo esta inferencia, esta interpretación a partir de los signos que había consignado Brahe al observar los cuerpos celestes; interpretación que, a pesar del mismo Kepler, le llevaron a contradecir lo que él creía. Él era un protestante, profundo creyente en Dios, y por tanto, dispuesto a aceptar las explicaciones pitagóricas que hablaban de las armonías de las esferas celestes y que el movimiento más perfecto y simple era el circular; pero ese prejuicio –que incluso le hizo crear un primer modelo de explicación bastante complejo, a partir de un juego entre círculos, poliedros y los cuatro elementos de la física aristotélica- lo tuvo que abandonar, aún reconociendo que el movimiento elíptico de los planetas contradecía la simplicidad del mundo y por tanto, la hermosura de la creación divina. Kepler hizo una inferencia, se descodificó y descodificó una forma de saber, digámoslo así, gracias a su terrible ‘pecado’: no creer en la escritura mágica de Dios, sino en su escritura matemática.
Este ejemplo, o mejor deberíamos decir, este caso, nos muestra además, niveles de interpretación distintas a partir de distintas construcciones sígnicas. En efecto, no es lo mismo interpretar fenómenos cotidianos y rutinarios, fácilmente comprensibles gracias a lo que un código cultural nos ha enseñado, que otros fenómenos completamente inhabituales. Fácil resulta para nosotros, decir cuándo y cómo va a llover, o si será un día soleado, porque un entorno cultural nos ha enseñado que ocurre con el movimiento de las nubes que salen por el oriente y que parecen caminar del sur hacia el norte del Valle en el cual habitamos. Pero esa inferencia la hacemos los que vivimos en este entorno y nos hemos dado a la tarea de escuchar lo que otros saben; es decir, si estamos insertos en el código cultural de los habitantes del Valle de Aburrá que conocen los avatares de su clima. Saber eso, sin embargo, no nos garantiza que también conozcamos sobre el clima de otros lugares. Cuando vivimos en otra parte del mundo, con otro clima, son los nativos de ese lugar los que no tienen que enseñar a interpretar las señales del cielo para tratar de evitar chaparrones y catarros posteriores. Cuando estamos en nuestro entorno, hacemos inferencias –o abducciones, para usar el término de Peirce- que podemos llamar hipercodificadas. Cuando estamos en un entorno distinto y queremos aventurar sobre el clima –o cualquier otra cosa-, hacemos una inferencia valiéndonos de nuestra experiencia insuficiente, pero arriesgamos una interpretación que en algún modo nos obliga a ser ingeniosos; como no manejamos los códigos de ese entorno, entonces la inferencia que hacemos se llama hipocodificada.
Empero estos son ejemplos bastante simples y cotidianos. Hay otros procesos de inferencia mucho más complejos y son los que obligan a inventarse la Regla o la Hipótesis; son aquellos procesos inferenciales que nos obligan a descodificarnos completamente y por tanto son abducciones o inferencias creativas. Son en este caso, las inferencias de las ciencias o de cualquier saber o disciplina; es el caso de Kepler, pero también es el de otro contemporáneo de él –aunque distante en el espacio- Cervantes, que crea una forma distinta de contar el mundo y que inventa la novela moderna: descodifica, a través de la burla y la ironía, el relato predominante en el cantar de gesta y las novelas de caballería, y termina por inventarnos la estrategia de la novela moderna que es completamente inédita en su momento y que es la evidencia de una relación distinta con los signos. En otras palabras, eso que llamamos la creación puede ser algo fácil, pero a su vez, algo completamente difícil. Fácil, porque no es algo que nos venga del cielo o que corresponda a procesos psíquicos misteriosos que alguien quisiera desentrañar para encontrar poco más o menos, el misterio de la vida y todo lo existente; crear es una facultad que está implícita en la forma en que aprovechamos y realizamos inferencias de los signos del mundo, que a la sazón es lo que todos los días y en cada momentos tenemos que efectuar por cuanto es lo que nos hace humanos. Es lo que Lacan llamaba lo simbólico, la inserción del individuo en la cultura luego de pasar la fase del espejo, y que bien podríamos decir, para que nos entendamos, es residir en lo sígnico, es habitar lo semiótico y hacer constantemente semiosis. Pero al mismo tiempo, la creación es difícil, porque implica una desgarradura, un dolor de sí o por lo menos un malestar. Descodificarse es deshabituarse, es tratar de percibir, ver, sentir y pensar de una forma distinta a aquella que nuestro entorno cultural nos ofrece cotidianamente; y esa descodificación nada nos garantiza éxito o al menos, la posibilidad de llegar a un nuevo y cómodo terreno, por el contrario, nos puede llevar al fracaso. ¿No es acaso el testimonio de muchos artistas de éxito póstumo, que son la evidencia del triunfo en el fracaso? ¿No es el caso de muchas hipótesis científicas que no tuvieron éxito o si lo tuvieron fue momentáneo y hoy yacen en el olvido? ¿No es el caso de la frenología y el mesmerismo decimonónicos que trataron de ser explicaciones de la mente y el psiquismo humanos, que hoy nos dan risa y vemos como extravagancias de otro momento histórico? La descodificación se puede pagar con el ser, incluso puede convertirse en la forma en que para muchos se manifiesta la enfermedad mental. El científico, el investigador y el creador son vistos como locos por un entorno cultural determinado –la cultura occidental de los últimos doscientos años, por lo menos-, pero quizás sean vistos como los extraños y los anormales bien porque establecen una relación distinta con los signos y sobre todo, porque radicalizan lo que todos estamos obligados a hacer en nuestra cotidianidad; por eso los vemos como seres anómalos, justamente por aquello que tienen de cercanos a nosotros. Es como si se confirmara aquello que desde su reclusión en el manicomio decía Epifanio Mejía a principios del siglo XX: “Todos estamos locos, dice la loca; que verdad tan amarga, dice su boca.”

II. El canto de las sirenas
Entre tanto la sólida nave en su curso ligero se enfrentó a las Sirenas: un soplo feliz la impelía, mas de pronto cesó aquella brisa, una calma profunda se sintió alrededor: algún dios alisaba las olas. Levantáronse mis hombres, plegaron la vela, la dejaron caer en el fondo del barco y, sentándose al remo, blanqueaban de espumas el mar con las palas pulidas.
Yo entretanto cogí el bronce agudo, corté un pan de cera y, partiéndolo en trozos pequeños, los fui pellizcando con mi mano robusta: ablandáronse pronto, que eran poderosos mis dedos y el fuego del sol de lo alto. Uno a uno a mis hombres con ellos tapé los oídos y, a su vez, a la nave me ataron de piernas y de manos en el mástil, derecho, con fuertes maromas y, luego, a azotar con los remos volvieron el mar espumante.
(Homero, Odisea, XII, 166-180)

Señalan Theodor W. Adorno y Max Horkheimer en su célebre libro, Dialéctica de la Ilustración; fragmentos filosóficos, que la escena del Canto de las Sirenas es la clave explicativa de todo la aventura relatada en Odisea, pero sobre todo, permite pensar la figura de Ulises como la expresión de un rasgo en el cual encontramos el fundamento de lo que se consumaría en el tiempo moderno –un prolegómeno de las posibilidades y límites de la razón-; rasgo, que paradójicamente también se disolvería en la Modernidad o al menos estaría en riesgo de hacerlo. En Ulises, según estos pensadores de la Escuela de Frankfurt se puede encontrar una oposición entre lo mítico y natural, en contra de la racionalidad y la construcción del sí mismo en donde emerge la subjetividad.
El sí mismo representa la racionalidad universal frente a la ineluctabilidad del destino. Pero como encuentra lo universal y lo ineluctable ya estrechamente ligados entre sí, su racionalidad adquiere necesariamente una forma restrictiva, a saber: la de la excepción. Odiseo debe sustraerse a las relaciones jurídicas que lo circundan y amenazan y que en cierto modo están inscritas en toda figura mítica. El satisface la norma jurídica de tal forma que ésta pierde poder sobre él en el momento mismo en que él se la reconoce. Es imposible oír a las Sirena y no caer en su poder: no pueden ser desafiadas impunemente. Desafío y ceguera son la misma cosa, y quien los desafía se hace con ello víctima del mito al que se expone. Ahora bien, la astucia es el desafío hecho racional. (Adorno y Horkheimer, p.110)
El modo en que Odiseo desafía a la Sirenas, por tanto al mito, es un acto racional, lo cual señala, en opinión de los dos pensadores alemanes un rasgo propio de la racionalidad occidental: acabar con los mitos. En otras palabras, si bien el mito señalaba que el canto de las Sirenas era la perdición de los marinos, lo cierto es que Ulises descubre una fisura en el mito, y astutamente se hace atar, porque en parte alguna se dice que no es válida esta estratagema así como la de llenar de cera los oídos de sus remeros; Ulises sabe que en principio, la naturaleza y lo mítico son invencibles, pero no renuncia a su racionalidad y es a través de su uso, que puede poner en entredicho la importancia que hasta entonces se le ha conferido a estos dos elementos. La astucia de Ulises hace que el poder del mito y la naturaleza –que subyuga a los hombres- sea puesto en entredicho. De este modo, pierden su eficacia,
Pues el derecho de las figuras míticas, en cuanto derecho del más fuerte, vive sólo de la irrealizabilidad de sus preceptos. Si estos se cumplen, entonces los mitos se desvanecen hasta la más lejana posteridad. A partir del encuentro felizmente fallido de Odiseo con las Sirenas, todos los cantos han quedado heridos, y toda la música occidental padece el absurdo del canto de la civilización, que sin embargo es al mismo tiempo la fuerza que mueve toda la música artística. (Ibíd., p.111)
Ulises, desde esta perspectiva, encarnaría la fuerza de la razón, o por lo menos de una racionalidad e incluso encarnaría –paradójicamente- el mito propio del proyecto ilustrado, que en opinión de los dos pensadores alemanes (que escribieron este texto en medio de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, en 1945) puede correr el riesgo de no realizarse. Sabemos que el propósito tanto de Adorno y Horkheimer es justamente, ubicar los mojones o puntos críticos de ese proyecto que ellos en el presente que les tocó vivir, encontraban en peligro de no realizarse. Una ecuación, entre las muchas que se podrían inferir de la lectura de este libro, es la que vincula a Ulises con la astucia y la razón; una ecuación que podemos aceptar hasta cierto punto, pero que no descubre algo fundamental en la Metis de los griegos: que no habla de una razón, sino de muchas razones, de muchos efectos de construcción racional que se dan cuando aparece el uso de esta figura.
La Metis, que podemos llamar astucia, pero también destreza, habilidad, oportunismo y hasta meticulosidad, realmente en el mundo griego era una diosa, la primera esposa de Zeus que cuando se encontraba embarazada, fue devorada por su esposo; por eso, Atenea, el fruto de aquella malograda relación, nace de la cabeza de su padre, y por eso mismo, Zeus adquiere las virtudes de su esposa. Metis, hija de Tetis y Océano, si bien no figura en el panteón con grandes cultos y rituales, no es una figura menor, ya que es gracias a ella, que el mundo adquiere equilibrio. Cuando desaparece del mundo olímpico, Metis deja de ser una diosa y se convierte en una cualidad, que encarnan otros personajes míticos en diversos momentos, y que a su vez, señalan distintos formas de efectuarse esta cualidad: la astucia, el oportunismo, la destreza.
De esta manera, la metis muestra la importancia de la astucia y la inteligencia sobre la fuerza, así como también la necesidad de aprovechar la oportunidad (Kairós) cuando hay dos fuerzas antagónicas enfrentadas (en un combate no conviene lanzarse a ciegas al ataque, sino calcular el momento preciso para el mismo); pero lo más importante de la metis, como señalan Jean-Pierre Vernant y Marcel Detienne es su carácter móvil, ambiguo y múltiple. Estas características se ejercen cuando se tiene conciencia de que el mundo no es algo estable y fijo, sino que está sometido al devenir; saber esta condición es una de las claves para desplegar la metis, la astucia. Por eso Metis, tal como cuenta Apolodoro, cuando aún era parte del Olimpo, tenía un “poder metamórfico”.
Un rasgo del personaje de Metis, atestiguado por Apolodoro y que habríamos podido creer secundario o sobreañadido, adquiere así todo su valor. La esposa de Zeus está dotada de un poder metamórfico. Como otras divinidades marinas (que son también “primordiales”): Nereo, Proteo, Tetis, puede adoptar las apariencias más diversas: hacerse sucesivamente león, toro, mosca, pez, ave, llama o agua que fluye. Para escapar del abrazo de Zeus, como Tetis al de Peleo, Metis se cuenta, “se mudó en toda suerte de formas.” (Detienne, Vernant, pp. 25-26)

Ahora bien, quien dice metamorfosis señala la aceptación de la fluidez, como rasgo propio de la existencia; un rasgo que muy pocos aceptan, quizás ninguno de nosotros, porque soñamos una constancia y una regularidad en la vida, desde que nacemos hasta que envejecemos. Esa constancia es justamente lo que llamamos, un tanto a la ligera, personalidad. Suponemos unas condiciones básicas de nuestro decurso vital, que nunca perdemos; suponemos algo esencial en nosotros y lo que es todavía peor, suponemos una razón igual para todos los hombres y un deber ser generalizable, a partir de esta supuesta razón. Sin duda, es un rasgo de falta de astucia; no somos astutos cuando nos suponemos siempre los mismos. Quizás esa sea la razón por la cual tan fácilmente podemos caer en las redes de la astucia de los otros, ya que metis, en el mundo griego y en nosotros, es también el calificativo para hablar del engaño, de un “poder artero” que se vale de la confusión, la ambigüedad y el disfraz para desplegar su potencia. La metis del otro, sus artimañas, pueden entonces revelarnos las mentiras en las que hemos vivido; nos engaña para mostrarnos nuestro engaño que supone constancia, regularidad y una sola razón.
En este sentido, podríamos decir que cuando no queremos ver las posibilidades de la metis, somos como los marinos engañados por las Sirenas y que caen en sus redes; no nos damos cuenta que el principio que rige su canto seductor, puede ser recusado por una salida más astuta, que podemos engañarlas y descubrir el vacío de su poder. Ulises nos enseña, no tanto la universalidad de la razón como suponen Adorno y Horkheimer, cuanto el hecho de que todo conocimiento requiere y en sí mismo es un engaño: conocer es engañar-se. No es encontrar una verdad de fondo, sino una verdad provisional que durante una parte de nuestro recorrido, nos puede servir, pero que luego, cuando las condiciones son otras y las nuevas preguntas ya no caben en la vieja respuesta, entonces podemos y debemos abandonar. Si no lo hacemos, estaremos cayendo en el peor de los conocimientos, en el prejuicio, es decir, en la imposibilidad de hacer juicios desde el uso de nuestra facultad de juzgar, de pensar y discernir; estaremos cerrándonos a nuevas respuestas, porque las viejas nos parecen más que suficientes. Señalar el carácter provisional de lo que sabemos, es algo que a muchos no gusta; de hecho, nadie niega que la incertidumbre no es una forma de vida agradable y sobre todo, que carecer de respuestas exactas para todo, no deja de ser una vía expedita hacia la angustia.
Sin embargo, la lucidez nace de esa incertidumbre. De hecho, el modo de lo sígnico que arriba mostrábamos, nos brinda elementos para darnos cuenta de que la incertidumbre es nuestro estado habitual y que solamente nos hacemos la ilusión de que ello no es así, para poder soportar nuestra vida.


Si tomamos cada uno de los elementos que allí están, es claro que lo que algunos llaman Significante o Representamen (términos este último debido al semiótico norteamericano Charles Sanders Peirce) es tan sólo una marca en el mundo, un rastro, un vestigio, un estímulo, una simple huella; una marca que en sí misma no dice nada, si no está inscrita en un contexto determinado, en unos códigos que son una condición Interpretante que brinda Significado a esos registros. Si no somos cazadores, no sabremos entender la huella que se nos presenta; si no estamos acostumbrados, como les ocurrió a los parisinos en 1895 cuando vieron las primeras películas de los hermanos Lumière, creeremos que el tren de la pantalla nos va a atropellar o que la gente que sale de la fábrica viene hacia nosotros. Nosotros podemos ver una fotografía propia, y hasta solazarnos con nuestra imagen; pero algunos aborígenes rechazaran incluso ser fotografiados para no perder su alma, su doble o como lo queramos (o podamos) llamar. Shaka Zulú cuando a principios del siglo XIX, vio la imagen de Cristo en la cruz, y los ingleses le explicaron que esa imagen era la imagen de dios, objetó diciendo que un dios no podía ser torturado de esa forma, que ese no era un verdadero dios. Una misma marca puede ser signo de distinta manera para distintas personas, porque están inscritas en condiciones interpretantes distintas. Nada garantiza la univocidad del significado ni del sentido; nada garantiza incluso que aquello que vemos en última instancia como un signo, efectivamente hable del mundo y sus cosas, es decir, que haya un referente que avale el sentido y el significado de los signos o de las marcas que yo constituí como tales, en virtud del uso de ciertos horizontes de significación. El referente es prescindible. ¿No hablamos todos de una película, de las aventuras de un superhéroe, que todos sabemos que no existe, pero que sin embargo juega un papel en nuestros imaginarios? ¿No son muchas veces los supuestos, los prejuicios que mencionábamos arriba, elementos indemostrables e insostenibles en cualquier ejercicio argumentativo, y sin embargo, desde ellos condicionamos nuestro actuar y nuestro decir?
Si el significado es circunstancial y el referente puede o no puede estar, en última instancia lo que queda claro es que el mundo que tenemos no es más que el que hacemos en la interpretación de los signos o más aún, de los registros significantes, indiciarios, del mismo. Las cosas en tanto reales siempre se nos escapan, resulta imposible asirlas o esperar que ellas nos digan lo que son; quienes dicen lo que son, somos nosotros, dependiendo del contexto cultural en el cual estemos insertos. Si Nietzsche proclamó que “no hay hechos, sino interpretaciones”, y que por tanto no queda más que indagar en las trampas que nos tiende el lenguaje, y que incluso nuestras más sacrosantas verdades no son más que construcciones del lenguaje (“Creemos en dios, porque creemos en la gramática”, nos dice en El crepúsculo de los ídolos); entonces, podemos afirmar que lo que creemos verdadero es un engaño. Pero un engaño no en el sentido de que sea la contraparte de una verdad escondida; engaño porque lo cierto es que no hay verdad. Todo lo que tenemos, todo lo que decimos, todo lo que pensamos no es verdadero, a lo sumo es verosímil.
Ahora bien, quien dice verosímil recuerda la consideración aristotélica sobre el papel del arte, o en su caso más exactamente, de la tragedia en tanto espectáculo. El filósofo griego, convencido de la existencia de la verdad, había establecido jerarquías en su cercanía o no a la misma, de distintas formas de saber, de hacer y de pensar. Ponía la verdad como algo inalcanzable, como algo que sin duda pertenecía a la ousía o sustancia primera. Empero, ello no era óbice para que la filosofía en primer lugar se acercara a ella de alguna manera; luego estaba la poesía trágica cuya relación con la verdad era la de verosimilitud; y al final la historia por cuanto no sabía más que de lo singular y por tanto era la forma de saber más alejada de la verdad.
Hoy no compartimos esta perspectiva aristotélica, al menos por tres razones:
1. Porque la verdad se nos ha perdido, porque la verdad para su existencia y perduración, debe manifestarse como regla general y ser objeto de un saber general. El más general de esos saberes es lo que desde el mismo Aristóteles se empezó a llamar metafísica. Saber sobre la trascendencia incognoscible, en última instancia, pero hacia la cual se debe propender. Esta perspectiva aristotélica la hemos quebrado justamente porque desde Cristian Wolf en Alemania en el siglo XVIII el afán por hacer una metafísica en el plano de la filosofía es prácticamente un camino obliterado; a lo sumo, ha quedado como una perspectiva vulgarizada de la cual charlatanes de medio pelo se han prendado para cautivar incautos.
2. Valoramos en cambio, lo verosímil, porque hemos extendido lo que antes era el espacio del arte a todas las formas de saber y hacer. Tan verosímil es la representación de una obra de teatro, como una explicación en física. Ninguna de las dos puede decir que lo que muestra sea la verdad; puede aducir, como señalaban los inquisidores de Galileo que si bien condenaban al astrónomo italiano, lo cierto es que el modelo heliocéntrico guardaba “mejor las apariencias”, aunque contradecía el texto bíblico. Nuestras formas de comprensión del mundo, cualesquiera que sean, en últimas señalan que las mismas son frutos de la interpretación que hacemos de las marcas del mundo que tornamos en signos, o bien porque son interpretaciones sobre otras interpretaciones previas. Lo que sabemos es de la provisionalidad de nuestro saber, o como bellamente señala Guillermo de Baskerville –el personaje de la novela de Umberto Eco, El nombre de la rosa-, “la única verdad es que no existe la verdad”
[3].

Hoy podemos explicar el mundo y el universo desde hipótesis como las del Big-Bang, hablar de un universo en expansión, infinito e informe; y esa verdad, en la que creemos a pie juntillas, en realidad no es más verdadera que la del hombre antiguo y medieval –y hasta el renacentista- que creía en un cosmos cerrado, finito, geocéntrico y configurado con esferas celestes que giraban al tenor de armonías particulares. Son dos formas de la verdad, útiles en cada momento e insertas en contextos diferentes. Si la cosmología antigua y medieval ya no nos sirve, no es por su falsedad en sí –aunque todos la califiquemos de mentira-, sino porque somos parte de una historia, de un mundo moderno que se ha tenido que legitimar en la distancia abierta frente a todo lo sagrado, en una apertura que ha enfrentado a la humanidad al infinito y a la soledad. Un hombre medieval nunca estaba solo, porque por doquier encontraba las signaturas de dios, mientras que un hombre desde el siglo XVII en adelante, vive el desgarramiento de Pascal cuando señala que el universo es “una esfera infinita, cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna” (Pascal, p. 119); un hombre moderno comienza como Nietzsche, su primer texto dedicado a los problemas del lenguaje (Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, de 1872), señalando la pequeñez del hombre en el universo, lo desdeñable qué es la tierra y lo vacua que resulta la arrogancia de un ser que se cree el centro de todo y protagonista de una supuesta “historia universal”; un hombre moderno no puede, en fin, aceptar la explicación medieval no porque sea errónea en sí, sino que la tiene que tornar en tal error, para hacer otra verdad provisional.

Por eso, no es fortuito que buena parte de las indagaciones de la Historia y las Ciencias Humanas y Sociales –entre otras cosas, no sabemos por qué se les sigue llamando ciencia y no saberes o disciplinas-, repetimos, buena parte de sus indagaciones se ha dado a la tarea de ver las distintas formas de relación sígnica que hemos hecho los hombres en distintos espacios y tiempos. La lección inicial de Nietzsche, en Genealogía de la moral, cuando nos muestra los cambios en las valoraciones de lo bueno y lo malo a lo largo del tiempo, y cómo nuestra moral cristiana no es más que una moral de esclavos y sometidos; el trabajo de la hermenéutica, la misma de Heidegger y Gadamer, que buscan en la mirada hacia el pasado las potencias heurísticas para pensar el presente; la propuesta de Gilles Deleuze y Félix Guattari, en El Antiedipo, en donde a más de mostrar las limitaciones de la explicación de Freud de lo social y la cultura a partir del psicodrama burgués, encuentran las variaciones en las configuraciones sociales en su igualmente cambiantes relaciones con el signo: desde escribir la ley en la piel, hacerlo en papel, o simplemente vivir en procesos de descodificación y nueva axiomática como los que hoy vivimos. Claro, también Michel Foucault, que nos mostrará en Las palabras y las cosas la forma en que la relación con los signos establece distintas formas de aproximarse al saber, que entre lo cotidiano y lo erudito, configuran un terreno que él llama episteme.
Nuestra relación con los signos no es pues, constante y única. Cambia con los contextos culturales y sobre todo, cambia con el tiempo; cambia al tenor de las variaciones técnicas –no es igual la relación que con los signos establece un campesino medieval que un obrero industrial en Europa en el siglo XIX, o un trabajador free-lance de nuestra contemporaneidad-, y ello señala para ser exactos, que al cambiar nuestras condiciones sensibles, cambia también la forma de comprender el mundo. De hecho, una vez más, fue Nietzsche, en diversos apartados de su obra, pero sobre todo en sus fragmentos póstumos, quien señalaba la importancia de lo perceptivo y lo sensible, como una forma de conocimiento; no hay sensación pura, todo lo que percibimos nos viene dado por un medio determinado
[4]; no hay más que, lo que Klossowski llamó, una semiótica pulsional, que incluso no remite a un significado, sino a una vivencia sensible. Nuestro mundo, que bajo las condiciones técnicas que hoy vivimos, exacerba las condiciones de sensibilidad, asiste a la configuración de grupos humanos que crean vínculo única y exclusivamente desde un pacto en el sensorium; es lo que Michel Mafessoli ha llamado “las tribus urbanas” en donde un grupo de jóvenes[5] se reúnen entre ellos, alrededor de un aire musical, unas formas de vestir, unos gustos cinematográficos y audiovisuales comunes, aunque el discurso –el horizonte de significación- parece ser ninguno o a lo sumo muy pobre. Tenemos de este modo, todo un bestiario en nuestras urbes, pasando por los ya ancianos punkeros, metaleros, skinheads (y todas sus variantes), emos, góticos y sin duda muchos más, que hablan no sólo de la complejidad de la vida contemporánea, sino que nos hacen pensar que quizás, aún en las épocas en donde el horizonte discursivo ha sido de más peso, muy probablemente no era sino una capa endeble de sentido sobre el vínculo sensible que realmente era más importante y definitivo. De ahí, que mirar, entre otras razones, la teoría estética sea fundamental en la formación no sólo del psicólogo, sino de cualquiera que se dedique al estudio de lo humano en cualquiera de sus formas de saber; la estética no es como muchos creen, el estudio del arte o de las cosas bonitas, sino el estudio de las condiciones de sensibilidad, es el estudio de lo sensible. Pensar lo estético nos hace entrever algo aterrador, pero también interesante: buena parte de los conflictos que hemos tenido y tenemos, son conflictos estéticos; las guerras de ayer y de hoy, las tensiones cotidianas, la lucha terrorismo/antiterrorismo que define hoy nuestro mundo es un conflicto estético. Todos ellos, los podemos revestir de discurso, de ideología en última instancia, pero lo cierto es que es más la fisiología, las formas de percibir la relación entre lo Mismo y lo Otro, los que definen la intensidad y la incidencia de estos eventos. Digámoslo entonces, que los humanos nos hemos incluso destruido por interpretaciones, provisionales, verosímiles, y que en últimas son nuestras relaciones sensibles con el mundo las que determinan nuestros conflictos. Contra Aristóteles podríamos decir que la verdad nunca estuvo, que no hay una verdadera jerarquía en los saberes en su relación con esa supuesta verdad, y que era el modelo poético (llamémoslo estético) el que indicaba el camino: lo verosímil es la condición propia del hombre. Asumir esta condición es quizás, lo más astuto que podemos hacer; es realizar el gesto de Ulises de engañar al engañador, de sentir la curiosidad por lo que se nos presenta como verdad, para descubrir al final que no es más que una estrategia de la ilusión.


III. La mirada del cíclope

‘Preguntaste cíclope, cuál era mi nombre glorioso y a decírtelo voy, tú dame el regalo ofrecido: ese nombre es Ninguno. Ninguno mi padre y mi madre me llamaron de siempre y también mis amigos.’ Tal dije y con alma cruel al momento me dio la respuesta: ‘A Ninguno me lo he de comer el postrero de todos o los otros primero; hete ahí mi regalo de huésped.’
Dijo así y vacilando, cayóse de espaldas; tendido quedó allá con el cuello robusto doblado y el sueño, al que todo se rinde, vencióle; eructando el borracho despidió de sus fauces el vino y la carne humanas. Yo a mi vez, en las brasas espesas metiendo aquel tronco, esperé a que tomara calor; […] y ya a punto de arder, aunque verde, la estaca de olivo, encendida de brillo terrible, llevéla del fuego hasta él. Mis amigos de pie colocáronse en torno y algún dios en el pecho infundioles valor sin medida; levantando la estaca oliveña aguzada en su punta se hincaron con fuerza en el ojo.

(Homero, Odisea, IX, 364-383)


3. Pero también habíamos señalado un tercer aspecto por el cual nos podíamos distanciar de Aristóteles; un tercer aspecto que en sí mismo merece una amplia consideración, ya que apunta a ese inquietante afán de generalización que encontramos en él pero también en la filosofía y el pensamiento posteriores. Recordemos la argumentación aristotélica frente a la cual tratamos de tomar distancia. Al final, en el último nivel, en relación con la verdad, el estagirita pone a la Historia como una forma distante de lo verdadero, porque en cuanto tal, se ocupa de lo singular y no de lo general. Da cuenta de batallas, de hechos gloriosos, o como en Heródoto, puede ser testimonio etnográfico de lugares distantes y universos culturales disímiles y contemporáneos. No viene al caso señalar las particularidades de lo que los griegos entendía como historia, pero sí interesa ver el desdén de Aristóteles a la misma por cuanto se dedica a observar el detalle y lo singular. La pregunta entonces sería, ¿por qué ese afán de generalizar? El mismo pensador había señalado, que no hay más saber (ciencia o episteme, como la queramos llamar o traducir) que de lo general; el propósito de todo conocimiento es el de la generalización, el de mostrar verdades generales que puedan aplicarse a un universo amplio de fenómenos. En este sentido, dedicarse a estudiar singularidades, como hacía y hace la historia, pero también como hace la medicina, es estar instalado en un saber sin futuro o por lo menos, vacuo; en otras palabras, detenerse en los detalles es no conocer. Para esta perspectiva, que inaugura Aristóteles y que durante tanto tiempo nos acompañará en Occidente, lo universal, la explicación total del universo, parece ser la meta; y en esa misma medida, aquello que indagan hechos singulares, o se dedican al examen de síntomas individuales, son figuras más o menos extrañas, que se pueden calificar de eruditos inútiles o seres especulativos y charlatanes. Repetimos, en este campo estaba la historia, pero para los griegos también estaba la medicina; Heródoto e Hipócrates eran maestros de lo singular, y el segundo, era además maestro de la observación, de marcas sensibles, de huellas e indicios, que desde entonces hasta hoy, llamamos síntomas.

El médico –y todas sus variantes, incluyendo al psiquiatra y al psicólogo- es fundamentalmente un observador. Lo que sabe, lo sabe por verdades transmitidas, pero sobre todo, porque ha afinado su capacidad de ver. El médico no sólo tiene un acervo de conocimientos, sino que debe enfrentar cada caso en su singularidad. De ahí, el que hoy los medios de comunicación, utilicen la figura del médico, o la del psicólogo, como alguien cercano al investigador policiaco, y que cada caso clínico sea comparable a un caso criminal
[6]. El buen observador, mira los detalles y lanza hipótesis, jamás verdades generales e inamovibles; el buen observador hace abducciones, y a despecho de Aristóteles, tiene que desdeñar la Inducción o la Deducción, que durante mucho tiempo la lógica consideró como los caminos más seguros de todo conocimiento para llegar a la verdad. Lo que se aprende desde lo singular es a establecer hipótesis, nunca verdades trascedentes, o para decirlo con los términos que arriba utilizábamos, elaboramos verdades provisionales que apenas son verosímiles. Y en cuanto tales, estas hipótesis funcionan–como en el mencionado caso de Kepler-, hasta que se demuestre lo contrario; las leyes de Kepler son ejemplo de una hipótesis exitosa, de una generalización que todos podemos aceptar hasta hoy, pero que nadie garantiza su eternidad: no es una verdad general, inamovible, esencial; es provisional, aunque exitosa, y que perdurará hasta que alguien pueda demostrar otra cosa –que los planetas también pueden girar en forma sinusoidal, por ejemplo- y entonces, esa hipótesis ya no será tan general, aunque sí suficiente para algunos fenómenos.

Es lo mismo que ocurrió con la física de Newton, que desde el siglo XVII hasta fines del siglo XIX y sobre todo, hasta la primera mitad del siglo XX, era un corpus de hipótesis exitoso; pero los fenómenos electromagnéticos, el despliegue de la termodinámica y la teoría de la relatividad de Einstein (sobre todo esta última), mostraron los límites de la misma. La física newtoniana, en cuanto mecánica, nos es muy útil para nuestro mundo inmediato –para construir puentes, hacer edificios, para entender cómo y por qué se chocan dos vehículos-, pero no sirve para nada para explicar los fenómenos del universo en su totalidad: no sirve para explicar un universo en expansión, ni la atracción, ni la importancia de la luz en la comprensión de ese misterioso orbe, ni siquiera para explicar el choque de las partículas mínimas que son los elementos que configuran nuestro mundo más inmediato. Para explicar estos fenómenos, la relatividad y en general la astrofísica, son más convenientes. Newton es una hipótesis que ya no es verdad general, sino parcial, y sirve limitadamente en algunos terrenos; Einstein, cabe anotar, tampoco nos sirve para todo, aunque gracias a él, incluso nuestra cotidianidad se ha visto afectada: desde el despliegue de la energía atómica hasta el uso cotidiano de rayos laser en lectores de discos.

Así, las verdades de la ciencia, es necesario decirlo una vez más, son verdades a medias, son una manifestación del engaño –aunque la contraparte auténtica no existe en modo alguno-, son verosímiles. Las aceptamos porque nos parecen suficientes o porque al menos guardan mejor las apariencias; sobre ellas establecemos un horizonte de sentido e incluso un sentido común, lo cual muestra justamente, que al contrario de lo que decía Descartes, el sentido común no es la cosa más bien repartida del mundo. No lo es, porque el que indaga e investiga, sabe de entrada que puede jugar en un terreno cenagoso, obtener ciertas respuestas, pero que en el día de mañana –acaso en un siglo, acaso en un mes-, toda su labor se puede venir al piso. Un científico, un investigador y un creador bien se pueden caracterizar con los mismos rasgos que Nietzsche atribuía al filósofo, diciendo que:

… es un hombre que constantemente vive, ve, oye, sospecha, espera, sueña cosas extraordinarias; alguien al que sus propios pensamientos le golpean como desde fuera, como desde arriba y desde abajo, constituyendo su especie peculiar de acontecimientos y rayos; acaso el mismo sea una tormenta que camina grávida de nuevos rayos; un hombre fatal, rodeado siempre de truenos y gruñidos y aullidos y acontecimientos inquietantes. Un filósofo: ay, un ser que con frecuencia huye de sí mismo, que con frecuencia tiene miedo de sí, -pero que es demasiado curioso para no “volver a sí” una y otra vez. (Nietzsche, op.cit., &292, p.250)

Ver es parte pues de esa condición de saber, en cualquier terreno; ver, pero al mismo tiempo, sospechar. No se trata de tener una visión única, ni de aceptar la visión más evidente. Se trata también de recusarla, de sobrepasarla, de inquietarla, de confrontarla. Eso es lo que hace quien investiga. Si arriba señalábamos que las percepciones ya nos vienen dadas según los contextos culturales, lo cierto es que una cultura está viva cuando alienta dentro de sí quien cuestione estas formas perceptivas; ver no es algo dado por naturaleza, es algo configurado en un medio dado y por tanto, sometido a los avatares más insólitos. La potencia biológica de ver, oír, o sentir de cualquier forma, necesita de la educación de un entorno; somos seres sociobioantropológicos, sin duda, y así nos lo ha enseñado Edgar Morin en distintos momentos de su obra; somos seres animales, pero que necesitamos de nuestra condición cultural para seguir evolucionando. Por eso inventamos técnicas, entre ellas la del lenguaje, la del mundo de los signos y los símbolos, para enfrentar astutamente el mundo que no comprendemos; para terminar en últimas, inventando el mundo que podemos comprender. Una vez más, la metis –que en su carácter lábil, multiforme, proteico, no sólo es maestra del engaño, sino también de la habilidad y el ingenio-, resulta fundamental en el despliegue técnico, conceptual e intelectual del hombre a lo largo de su historia. Y ese despliegue lo que permite son formas distintas de ver y al mismo tiempo, es el reto para tratar de ver de otra forma. Ver, contemplar, pero también sospechar; por eso, no se puede en un medio que pretende ser de conocimiento, aceptar las miradas chatas, las visiones recortadas, que aceptan lo que el medio les enseña a ver. La verdadera dinámica, sobre todo en la Modernidad, viene dada en la confrontación entre modos de ver, en medio de las alteraciones de lo visible que se producen y su incidencia en la forma de conocer.

De ahí que podamos decir que la Modernidad enfrenta el ver, de una forma tal que en comparación con épocas anteriores es completamente inédita. Desde fines del siglo XVIII, el régimen de visibilidad se hace más amplio de lo que antes había sido; poco a poco, desde las instancias de poder, se quiere ver la singularidad de los miembros de una masa que antes sólo se miraba en conjunto como aglomeración indiferenciada. Singularizar, como busca el poder moderno, implica fijarse en los detalles, en los rasgos nimios, o al menos buscar unos rasgos medianamente genéricos que permitan discernir conjuntos poblaciones dentro de lo que antes era un grupo humano indiferenciado. Clasificar –lo que no era más que la expresión de lo que venía desde el siglo XVII con la instauración de una mathesis universalis, es decir, de una prioridad por el orden bien fuese este matemático o por comparación-, implicaba e implica, buscar rasgos comunes y rasgos diferentes que permitan hacer taxonomías y cuadros. Por ejemplo, clasificar la población masculina, según su estatura y disposición física para construir ejércitos modernos, es hacer una separación, un subconjunto en lo que antes era una multitud indiferenciada; clasificar implicaba, e implica, ver el comportamiento de los hombres, sus pequeños detalles, sus más pequeños síntomas para así configurar las etiologías de la enfermedad mental; clasificar es separar a los niños, a quienes antes nadie prestaba mayor atención, y someterlos a una práctica pedagógica para que así puedan existir como infantes; clasificar y separar es ordenar las ciudades bajo el amparo de la naturalización de un artificio que es la distinción entre lo público y lo privado: clasificación que comporta el nacimiento de la planificación urbana, bajo los ideales maquínicos, funcionales y la idealización de un hombre encontrará su bondad natural en un espacio adecuado, en donde el poderoso no se mezcle con el sometido, en donde el burgués tenga su aislamiento separado y la masa urbana –peligrosa, viscosa, fluida- pueda ser controlada. Clasificar comporta el ver: ver la fisiología, el comportamiento, describir al niño, tratar de ajustar la visualidad de las ciudades a los ideales del plan del arquitecto y el ingeniero. Un régimen de visibilidad que se hace cada vez más amplio y exhaustivo, es el punto en donde está amparado el poder y sobre todo, el poder moderno; las sociedades disciplinarias de las que habla Foucault o las sociedades de control de las que habló Deleuze, muestran justamente que nada se quiere escapar a esa pasión escópica.

No obstante, esa pasión por ver al detalle puede conducir al absurdo. Arriba mencionábamos la frenología como una de esas formas de comprensión sígnica que habían tratado de fundar una nueva codificación de lo humano; la frenología de Gall, en realidad tomaba los detalles y terminaba haciendo las generalizaciones más absurdas. Interesado en el control al delincuente –en sociedades y ciudades que se hacían masivas y por tanto incontrolables- el propósito de este saber, con pretensiones de cientificidad, era ver “el instinto asesino del criminal, por ejemplo, marcado por los huesos salientes situados sobre el conducto auditivo externo, o la inclinación viciosa del ladrón, marcada por el hueso frontal saliente” (Courtine y Vigarello, p.260) Esta consideración que hoy nos parece una charlatanería, en su momento –en la primera mitad del siglo XIX-, fue vista como una alternativa seria en la lucha del estado moderno contra la delincuencia; como también lo fue la doctrina de Lombroso quien con la publicación en 1876 del Uomo delinquente lo que hizo fue extender el campo de observación de Gall, del cerebro a todo el cuerpo aunado con su particular interpretación de la doctrina evolucionista. Para Lombroso, el cuerpo del delincuente, y en particular el aspecto de su rostro, podía dar cuenta de sus tendencias criminales que a la sazón, no eran más que la expresión de rasgos atávicos, de hombres que no estaban al tenor de la evolución.

Un semblante domina, sugiriendo la ferocidad en los rasgos: “débil capacidad craneana, mandíbula pesada y desarrollada, gran capacidad orbital, arcos supraciliares salientes”, los estigmas del humanoide. Las cifras abarcarían también el conjunto del cuerpo: talla y peso, diámetro de la cabeza y ángulos faciales, lóbulo de la oreja y líneas de las manos, longitud de los miembros y anchura de los hombros. El “exterior” no traduce ya una pasión que deforma el cráneo, como dice Gall, sino más bien la presión de los accidentes genéticos: los que fijan al sujeto en una edad primitiva de lo humano, los que lo detienen en la violencia y los balbuceos de los orígenes. Una manera de ilustrar cuerpos rendidos ante los rudimentos de la fuerza y el instinto, impregnados por los estigmas arcaicos de la brutalidad. De donde surge la aparición, alrededor de 1880, de una disciplina pretendidamente erudita: la “antropología criminal”, que pretende ser legitimada con revistas y congresos internacionales. (Ibíd., p.262)

Todo esto nos da ya una pista interesante: no todo lo singular se puede generalizar. Mucho de lo que hay en el mundo, de los fenómenos que vemos en distintos seres orgánicos e inorgánicos, no se presta para lanzar hipótesis con pretensiones de verdad general y universal. Esa es la diferencia de las ciencias humanas y sociales –incluso de muchas áreas de lo médico y biológico- con respecto a la física y la química. Estas últimas tienen un rendimiento en sus hipótesis que no tienen las primeras. Por eso, es absurdo buscar las leyes de la historia como lo hacía Montesquieu buscando las leyes de la vida política en distintos momentos y tiempos de la vida humana; como es absurda la pretensión de ciertos lectores de Marx que vieron en su obra las leyes del devenir histórico en términos de dialéctica
[7]; como absurdo es quien dice y repite, sin pensarlo y con falso tono de erudición, eso de que “quien no conoce la historia está condenado a repetirla”: desengáñense, la historia, lo humano, es único y singular cada vez, es irrepetible. Así como es absurdo, en el terreno de la psicología buscar generalizaciones. Cualquiera que haya estado en medio de una práctica psicológica –incluso como consultante- sabe cuán difícil es basarse en generalizaciones. En este sentido pienso, y perdonen si me equivoco, que es en donde el psicoanálisis cometió generalizaciones imperdonables: extrapoló el modelo familiar burgués para explicar –en su intento metapsicológico, ¿acaso una nueva metafísica?- toda la cultura humana, en cualquier época y lugar. De ahí, ese absurdo explicativo del asesinato del padre en la horda primitiva, que a la sazón no era más que la expresión de los sentimientos familiares de los burgueses vieneses e incluso, sabiendo algo de su vida, de los sentimientos de Freud hacia su padre y madre[8]. Pero en general, muchas veces la psicología –en cualquiera de sus variantes- se vale de la generalización; de hecho, el punto de partida del conductismo se remonta al mecanicismo del siglo XVII y a la ilusión cartesiana de explicar todo en términos de mecano y autómata. Quizás, podrían darse ejemplos de cada uno de las variantes de la psicología: la evolutiva que clasifica el comportamiento del hombre según edades y generaliza desconociendo contextos socioculturales (a lo mejor, mirar esos contextos es estar en una nube filosófica), o aquella otra práctica que quiere reducir el comportamiento humano a un manual de psicopatología que el aprendiz y practicante repiten acríticamente, e incluso la psicología comportamental que ilusamente cree sacar los rasgos genéricos del consumidor o las tendencias generales de grandes grupos humanos. Sin embargo, recientemente se ha presentado un fenómeno que muestra justamente, la imposibilidad de hacer generalizaciones.

Hasta hace unos años, se tenían una tipología del pederasta que surgía de una experiencia adquirida en largos años de práctica clínica en todo el mundo. El pederasta era antisocial, solitario, distraído e incluso incapaz para la vida laboral. Sin embargo, lo que hoy descubrimos es que eso no es cierto. Las redes de pederastia y de consumidores de de pornografía infantil que hoy se descubren en la Internet, muestran que padres de familia, hombres de negocios, sacerdotes, educadores, empresarios exitosos, pueden ser también parte de este comportamiento; lo único que se puede, más o menos generalizar, es que la mayoría son hombres, aunque la existencia de mujeres –un veinticinco por ciento, aproximadamente- lo que muestra es que no hay camino para la generalización: de diferentes edades y con diferentes actividades, ellas tampoco obedecen a un patrón común. No sabemos si fue la red la que extendió esta práctica o si fue gracias a ella que se descubrió lo que psicólogos y psiquiatras, empeñados en generalizar, no habían querido ver; lo cierto, es que hay tantas formas de pederastia y consumo de pornografía infantil, que es imposible sacar un perfil general: el universo de referencia del cual se podrían sacar observaciones e inferencias, no permite hacer hipótesis plausibles. Digámoslo por tanto, la psicología debe quedarse la mayoría de las veces –lo mismo que las llamadas ciencias humanas y sociales- en el terreno de lo singular; estos saberes son los de grandes especuladores, y es en esa condición de especuladores, en donde encuentra su fortaleza. Dejemos ya el prejuicio de que especular es malo, inútil o acaso indicio de una incapacidad mental o de ignorancia; no hay peor ignorancia que la que manifiesta quien cree tener la respuesta de todo lo humano; la mayor manifestación de ignorancia se da cuando las ciencias sociales se dedican a generalizar –hay que oír las que hacen los sociólogos y los antropólogos- y terminan al servicio de poderes que creen encontrar allí la clave para justificar su accionar: el investigador social y humano deja de serlo, para convertirse en policía o en pastor de almas.

En esta medida, así como la criminología dio un paso, al abandonar las hipótesis de Gall y de Lombroso, y gracias a Bertillon y a Galton se dedicó al examen de lo singular y nada más que de lo singular
[9], es necesario hacer lo mismo en los saberes y disciplinas sociales y humanas. Por eso, el camino que parte de una semiótica lleva igualmente a una hermenéusis que tal como señalaba Peirce –y como puntualiza Umberto Eco- puede ser una hermenéusis infinita. No se debe temer al hecho de no poder generalizar; no se debe temer el aprender la lección de otros que hicieron otra cosa con el afán de visibilidad de la Modernidad. De hecho, esa pasión escópica también puede ser recusada en su mismo uso; es más, debe serlo. Es lo que hace el arte –aunque no exclusivamente- quien como Ulises hiere el ojo de Polifemo y huye de su control. Se puede usar la visibilidad astutamente, porque a la sazón, Ulises también es alguien que ve, que se fija en los detalles y sabe usar artera y oportunamente esa capacidad. De alguna manera, todos estamos obligados a hacerlo, pero lo que el arte y la literatura nos enseña es que no hay códigos estables, que la descodificación y aun la transcodificación es más habitual de lo que creemos y que quizás, sea la alternativa más lúcida para sobrevivir en el heterónimo y heteróclito mundo que tenemos.

Una película, un filme que es un verdadero clásico, 2001, una odisea en el espacio (de Stanley Kubrick de 1967), repite la escena de Ulises destruyendo el ojo de Polifemo: la computadora, que todo lo ve, que es inteligente e incluso intuitiva (por tanto, es astuta, posee la metis), es apagada por el último de los sobrevivientes de la nave que va hacia Saturno; la debe apagar, porque ella, como su antiguo predecesor mitológico, está asesinando a todos los tripulantes y en esa medida arriesga que el encuentro con una forma de la verdad –en este caso misteriosa- del último de los viajeros se vea inhibida. Lo interesante es que la computadora de la nave, llamada HAL 9000 se nos presenta en la película como un gran ojo o más todavía, como un conjunto de ojos diseminados por toda la nave; la computadora es un panóptico que no pierde detalle y por lo cual puede controlar todo. Por eso, la alternativa es destruirla, dañar su pasión y su condición.

De cierto modo, todos estamos obligados, si queremos ser investigadores, si nos gusta estar en las redes de una hermenéusis infinita, quebrar el ojo de los poderes que nos impiden pensar de otra forma; de los poderes que quieren someter nuestro discurso y sobre todo, que quieren frenar la potencia de lo que nos hace humanos: nuestra condición semiótica. El arte, repito, no es enseña sobre ello. Nos hace ver de otra forma, nos hace ver donde otros no quieren ver; es un poco como la sabiduría de Tiresias quien a pesar de su ceguera podía ver más allá. El arte nos hace ver sin moral ninguna, sin prejuicios, más allá del bien y del mal, por ejemplo, que una prostituta no es una víctima, sino alguien que encuentra su dignidad en el uso de su goce perverso; o nos enseña de la condición cruel de lo humano, que no tiene reglas previas ni instintos predeterminados, sino que en lo humano todo es posible: la mayor violencia consigo y con los otros, también la mayor ternura; o simplemente, que no existe algo así como el instinto maternal, sino la pulsión que puede manifestarse de la manera más variopinta. El arte es interpretación y cada uno de nosotros, si asumimos nuestra vida como una obra en proceso, un work in progres, está obligado a reinventarse todos los días y a reinventar el mundo; un investigador es un inventor, un hombre de la incertidumbre; un investigador, en últimas, se ajusta en su vivencia al dictum del poeta:

Nuestras horas son minutos
cuando esperamos saber,
y siglos cuando sabemos
lo que se puede aprender

Antonio Machado

Envigado, noviembre 17 de 2008.

BIBLIOGRAFÍA SUSCINTA
Adorno, Theodor W. y Max Horkheimer, Dialéctica de la Ilustración; fragmentos filosóficos. Trad. Juan José Sánchez. Madrid, Trotta, 1997
Courtine, Jean-Jacques y Georges Vigarello, “Identificar. Huellas, indicios, sospechas”, en: Historia del cuerpo; vol. III, el siglo XX. Trad. Alicia Martorell y Mónica Rubio. Madrid, Taurus, 2006
Detienne, Marcel y Jean-Pierre Vernant, Las artimañas de la inteligencia; la metis en la Grecia antigua. Trad. Atonio Piñero. Madrid, Taurus, 1988
Eco, Umberto, De los espejos y otros ensayos. Trad. Cárdenas Moyano y Elena Lozano. Barcelona, Lumen, 1988
____________, Los límites de la interpretación. Trad. Helena Lozano. Barcelona, Lumen, 1992
Fernández Castro, María Cruz, Leyendas de la guerra de Troya. Madrid, Alderabán, 2001
Foucault, Michel, Las palabras y las cosas. Trad. Elsa Cecilia Frost. México, Siglo XXI, 1993
Graves, Robert, Los mitos griegos (2 vols.). Trad. Luis Echávarri. Madrid, Alianza, 1996
Homero, Odisea. Trad. José Manuel Pabón. Barcelona, Planeta DeAgostini, 1997-
Nietzsche, Friedrich. Más allá del bien y del mal; preludio de una filosofía del futuro. Trad. Andrés Sánchez Pascual. Madrid, Alianza, 1985
[1] Historiador, Especialista en Semiótica y hermenéutica del arte, y Magister en Estética de la Universidad Nacional de Colombia; candidato a doctor en Filosofía de la Universidad Autónoma de Madrid (España). Profesor del Departamento de Estudios Filosóficos y Culturales de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín.
[2] El antiguo tribunal inquisitorial persiste, y hoy se llama Tribunal para la defensa de la Fe, uno de cuyos últimos líderes fue justamente Joseph Ratzinger, el actual Benedicto XVI… ¡Cuántos Galileos nos quedaran en el futuro! ¡Cuántos inquisidores, además, hay por diseminados por el mundo!
[3] Cabe anotar que el personaje recuerda la figura de Guillermo de Ockham, el filósofo y teólogo inglés del siglo XIV. Ockham era un franciscano que se dedicó al estudio de la lógica y tal como era obvio en la época, su punto de partida era Aristóteles. Sin embargo, el nominalismo –que así se ha llamado su forma de pensar- le llevó a constatar que los conceptos generales no dicen nada del mundo y sus singularidades, y que sólo son producto de la abstracción. De este modo, el concepto era una convención, una denominación creada por el pensamiento, pero no por los elementos singulares del mundo. Guillermo de Ockham al abrir esta distancia entre las palabras y las cosas (o en razón de lo que venimos diciendo, entre las marcas significantes y su significado), descubre que la denominación de lo singular va en otro sentido. Por eso, Umberto Eco al inspirarse en el filósofo inglés para crear su personaje, le da un aire cercano a Sherlok Holmes, que a partir de detalles lanza hipótesis para descifrar los crímenes que se cometen en la Abadía. Hipótesis que no son verdades generales ni tampoco son conceptos universales.
[4] “Cuanto más abstracta sea la verdad que quieres enseñar, tanto más tienes que atraer hacia ella incluso a los sentidos.” Nietzsche, Friedrich, Más allá del bien y del mal. & 128, p.102
[5] Lo cual no niega ese espíritu en otros rangos de edad, lo que no viene dado por el psiquismo de los individuos, sino por la fragmentación vital que produce la vida metropolitana. Sin duda también hay “tribadismo”, aunque de forma distinta, en las formas de sociabilidad de adultos y ancianos, determinado también por afinidades sensibles, es decir, estéticas.
[6] En este sentido, la serie de televisión Dr. House de la cadena Universal, se regodea con la imagen de un médico que evoca a Sherlock Holmes, el famoso detective novelesco inventado por Arthur Conan Doyle en la Inglaterra del siglo XIX. Solitarios, foscos, con problemas de drogas y rodeados de un grupo de médicos que no ven lo que tienen que ver, resuelven casos por su habilidad para observar detalles. Para el caso del psicólogo, la serie Criminal Minds (Mentes criminales) es un buen ejemplo de la forma en que el psicólogo es un lector de síntomas que le permiten lanzar algunas hipótesis que vayan en procura de capturar delincuentes y criminales que entre lo psicótico y lo perverso –y a veces, en medio de la tontería-, revelan la complejidad de lo humano. Como veremos páginas más adelante, esto al contrario de lo que muchos creen, no hace del médico o del psicólogo un científico, sino un maestro de la especulación.
[7] Hasta vulgarizar y aceptar sin crítica alguna, la afirmación lanzada por Marx en El dieciocho brumario de Luís Napoleón Bonaparte de que la “violencia es partera de la historia”. Parece que ese eslogan, lema o frase panfletaria fuese suficiente para explicar la vida y la historia humanas; lo que es peor, desde ahí se pueden justificar muchas de las atrocidades de nuestro presente.
[8] En lo personal, creo que la explicación y justificación que desde lo simbólico dan a este hecho los lacanianos no es más afortunada; es igualmente una generalización y una reducción del deseo a su represión y no a su producción incesante.
[9] El primero con la opción de la antropometría –saber de las medidas corporales de cada uno, sin buscar generalizaciones- y el segundo con las huellas dactilares –sabemos que cada huella es única e irrepetible-. Ambas son maneras de salirse de la generalización y la vulgarización.

LA VOLUNTAD DE SABER, ¿UN ENVÉS DEL PSICOANÁLISIS?



LA VOLUNTAD DE SABER, ¿UN ENVÉS DEL PSICOANÁLISIS?


Orlando Arroyave Á.


Sin agotar las múltiples lecturas que pueden hacerse del libro La voluntad de saber (1976) de Michel Foucault, proyecto inspirador y trunco de contar la historia de la sexualidad en Occidente, propongo explorar la empresa crítica al “psicoanálisis” en este libro tan polémico y singular.

Sin pretender hacer una síntesis imposible de este proyecto inicial de Foucault, esbozaré, primeramente, algunos de los problemas expuestos en este libro por este genealogista de una historia de la sexualidad europea (la hipótesis represiva, la ciencia de la sexualidad, el decir la verdad del sexo y, por último, el biopoder). De estas problematizaciones de la historia de la sexualidad se desprenderán algunos de los reparos críticos al psicoanálisis, en su conjunto, o en expresiones parciales como el freudo-marxismo. Por último, indicaré algunos elementos ético-políticos de este fracaso fructífero de genealogizar eso que llamamos “sexualidad”, objeto académico y científico, en la malla saber-verdad-poder-placer.

Estamos en 1976, en el epicentro intelectual de Occidente. En Paris, tan casta y burguesa, todavía perdura la fiebre libertaria del Mayo del 68. Esos debates, que interrogaron la sexualidad cultural y pública, mantenían una promesa de liberación sexual.

“Nosotros los victoriamos” nos hemos ensañado con el sexo, escribirá Foucault. Al nombrar a su generación, con ironía, como “nosotros los victorianos”, Foucault señala cómo los liberacionistas sexuales se encuentran atrapados en las preocupaciones propias de la época victoriana: un sexo parlanchín y la concepción del sexo y la sexualidad como la verdad profunda de lo que somos. A las “noches monótonas de la burguesía victoriana”, les espera la aurora prometida por los movimientos de liberación sexual. Los revolucionarios sexuales creen intuir que la revolución consiste en transgredir los tabúes impuestos por la sociedad europea, y por extensión al mundo colonial, que denominamos la moral sexual burguesa. Sin embargo, para Foucault, el discurso de la liberación sexual está conformado, igualmente, por la episteme propia del dispositivo de sexualidad.

Primera problematización de Foucault, la “hipótesis represiva”; el objeto de combate de los libercionistas sexuales. En el siglo europeo de XVII, emerge, afirman estos teóricos que interrogan el orden burgués, la represión sexual propia de esta clase social que logra un predominio paulatino en la esfera política y cultural. Antes del predominio de esta clase política, capaz de crear mecanismos de poder para realizar un control social cada vez más “científico”, los cuerpos retozaban de placer, afirman los teóricos de la “hipótesis represiva”. La burguesía represora del sexo sofocó el edén que respiraba el aire libre sin yugos en el placer sexual. La prédica de los teólogos sutiles de la liberación sexual prometía llegar nuevamente al paraíso perdido del sexo. Los liberacionistas sexuales nos han hecho soñar con otra ciudad del sexo, como en la Edad Media los teólogos nos hacían soñar con la Ciudad de Dios.

La prédica sexual tiene como blanco transgredir estas leyes que reprimen el sexo y prometer un sexo cada vez más libertario y subversivo.

En este libro, el Foucault polémico, aunque en público afirmaba que le parecían poco gratificantes las polémicas, debatió contra los seguidores de la teoría de la represión, conformado por los freudo-marxismo, desde Reich hasta Herbert Marcuse, pasando por los seguidores de Louis Althusser, o los “libertarios comunitaristas” alentados por Deleuze y Guattari con su Anti-edipo.

Al interrogar la hipótesis de la represión, que tanto sirvió de eje a la explicación de la sexualidad en los últimos 150 años en el mundo occidental, Foucault ponía un énfasis como genealogista, en la voluntad de saber; un título, por lo demás, nietzscheano; bien podríamos poner en su lugar una voluntad de poder. Mas Foucault, con el título de su libro, ponía de manifiesto la voluntad epistémica de una ciencia de la sexualidad, que examina el sexo en sus minucias y contingencias, en sus irregularidades y sus leyes.

Desde principios del siglo XVIII, en algunos países europeos como Francia, Alemania e Inglaterra, se desarrollan discursos científicos y empíricos para de la actividad sexual en el contexto de una preocupación general sobre la vida. Demógrafos, médicos, administradores sociales, psiquiatras, entre otros profesionales y científicos, recurren cada vez más a las hallazgos empíricos sobre la prostitución, enfermedades venéreas, perversiones sexuales, sexo saludable, etc., para “purificar” y “ensanchar” la vida. El sexo no solo es algo que se juzga; para Foucault el sexo se administra. A principio del siglo XVIII, en Europa, surgen mayores códigos legales centrados en la alianza familiar. Propiedades y alianzas familiares estaban en juego. El sexo es el punto bisagra que permite al individuo articularse, estratégicamente, a una jerarquía social y de poder. La burguesía considera al sexo como su máximo tesoro.

La “sexualidad” es inseparable del sexo de las alianzas. La sexualidad, que implica la esfera individual, compuesta de placeres privados, excesos o fantasías, pareciera constituirse “como la verdadera esencia de los seres humanos individuales, el corazón de la identidad personal” (Dreyfus, 2001, p. 202).

Foucault, como vemos, no centra su análisis en una represión social ni en las luchas de los teólogos de la subversión sexual de liberación del cuerpo sexual, sino que su historia crítica interroga esta idea un tanto metafísica de concebir el sexo y la sexualidad como el epicentro de nuestra identidad más singular y profunda. El ser por fin descubre su rostro eterno en el sexo. La metafísica logra que el “ser” encuentre otro puerto.

En su proyecto genealógico inicial Foucault pretendía esbozar, a través de algunos objetos históricos (la histerización del cuerpo de la mujer, la pedagogización del sexo del niño, socialización de las conductas procreadoras y la psiquiatrización del placer perverso) esa positividad del poder; éste engendra discursos y prácticas. La sexualidad hará parte entonces de un dispositivo, de un conjunto de normas, leyes, instituciones, tratados científicos y políticas de gubernamentalidad que harán que la experiencia del cuerpo sexual, sea uno de los objetos propios del biopoder. Las vidas humanas y no humanas serán racionalizadas, rentabilizadas y disciplinadas de acuerdo a estrategias de poder y dominación. La sexualidad será el campo privilegiado, en la esfera humana, del biopoder.

En su libro anterior, Vigilar y castigar (1975), Foucault había propuesto una genealogía de “la moral moderna mediante una historia política de los cuerpos” (Foucault citado por Miller, 1996, p. 323.); en este libro sobre el encierro, al explorar un ejemplo puntual, el origen de la prisión moderna, analiza cómo el cuerpo ingresó “en la maquinaria de poder que lo excavaba, lo despedazaba y lo reordenaba” (Ibíd.).

Esta racionalización del cuerpo, por saberes como el médico-jurídico, transforma, igualmente, nuestra experiencia con la sexualidad. Nosotros nos reconocemos en esta esfera epistémica, y de ella extraemos nuestra identidad presente.

En La voluntad de saber, Foucault explora el cuerpo sexual, el cual será objeto de preocupación de los saberes emergentes propios de la scientia sexualis.

Para “nosotros los victorianos”, nuestra identidad más profunda y enigmática es la sexual. De ella deviene lo que somos. Foucault deconstruye, con su método genealógico, centrado en las relaciones de poder, aquello que hemos dado en llamar nuestra identidad sexual, que se apoya en saberes como la sexología, la medicina, la psicología, la psiquiatría o el psicoanálisis para descubrir el rostro oculto de lo que somos a través de los saberes de lo expertos.

En “suma, [los análisis genealógicos] interrogan el caso de una sociedad que desde hace más de un siglo se fustiga ruidosamente por su hipocresía, habla con prolijidad de su propio silencio, se encarniza en detallar lo que dice, denuncia los poderes que ejerce y promete liberarse de las leyes que la han hecho funcionar”. (Foucault, 2000 [1976], p. 15)


La scientia sexualis es el saber moderno que atrapa la sexualidad dentro de la episteme que pretende hacer un discurso y una práctica científica de esta experiencia objeto de preocupación de la religión o mantenida en el marco amplio de la tradición familiar o el folklore antes de la modernidad europea.

Una ciencia de la sexualidad, que englobaba prácticas tan dispares y cercanas como la sexología, la psiquiatría, el psicoanálisis, la terapia sexual o la orgasmología, y que examina, con la minucia y la sesudez de un científico de las partícula cuánticas, objetos como el orgasmo, las enfermedades venéreas, las perversiones sexuales, las parejas perfectas e imperfectas, la demografía, las pandemias de enfermedades sexuales o los asesinos sexuales en serie, entre otros objetos de preocupación científica.

Esta ciencia naciente en el siglo XVIII, que hace parte de un proyecto occidental más global de racionalización paulatina de las sociedades occidentales, y que toma los cuerpos y las poblaciones como parte de una estrategia de gubernamentalidad en que el sexo es un asunto vital, se va constituir en uno de los pilares del biopoder.

Y el psicoanálisis, ¿cómo es percibido en el marco de esta estrategia? Foucault pone al psicoanálisis en el epicentro de este saber; el psicoanálisis con su doctrina y práctica ha dado un sustento a esta idea propia del biopoder, de poner a la sexualidad en el marco de una estrategia más global en las sociedades europeas.

Sin desconocer los matices, indicaremos dos reparos que podemos inferir de este proyecto crítico e histórico de Michel Foucault. El primero es doctrinal; el segundo “técnico”.

El reparo doctrinal. El psicoanálisis es la cúspide de una explosión discursiva sobre la sexualidad que prolifera en las sociedades europeas desde finales del siglo XVIII. Este saber y práctica creada por Freud, calza bien a esta nueva doctrina que el adjetivo de “revolucionaria” es más propio del mito que de la comprobación histórica.

En palabras de Foucault:

Lo que hay que localizar, pues, no es el umbral de una racionalización nueva cuyo descubrimiento correspondería a Freud —o a otro—, sino la formación progresiva (y también de las transformaciones— de ese “juego de la verdad y del sexo” que nos legó el siglo XIX y del cual nada prueba que nos hayamos liberado, incluso si hemos modificado (Foucault, 2000 [1976], pp. 71-72).


No nos referimos entonces a unos reparos históricos, mostrar, por ejemplo, que Freud no inventó propiamente la sexualidad de los niños; ésta ya había sido objeto de preocupación médica; o que la doctrina psicoanalítico no interrogabara la heteronormatividad sexual, si bien la hacía trastabillar el límite entre lo normal y lo patológico; sino que Foucault interroga al psicoanálisis mismo, por su ambición o empeño de construir una metafísica del “sujeto sexuado”. Foucault pareciera reprocharle al psicoanálisis el de llevar a la cúspide la empresa propuesta por la scientia sexualis de considerar que el epicentro de nuestra identidad se encuentra en la sexualidad.

La idea misma de que la sexualidad sea nuestra verdadera alma, la experiencia que por fin nombra lo que somos, daría un fundamento metafísico a esa pretensión propio del dispositivo de sexualidad.

Por otro lado, para explorar esa identidad profunda, el psicoanálisis se apoya en otra tradición occidental, la “prueba” del decir verdadero. Aparejada a esta identidad profunda que da la sexualidad, en el psicoanálisis hay una incitación a decir eso que somos, a “confesar” nuestra experiencia sexual, como si el placer fuera el nombra de la verdad.

El psicoanálisis perfeccionó con su dispositivo clínico la tendencia tradicional de soportar la verdad en un decir. El animal occidental, el animal de la confesión, dice su verdad al expresar su sexualidad en un decir que tiene como recepción la oreja de un experto.

Mientras China, Japón, India, Roma y las sociedades árabes, “se dotaron de una ars erotica, en que la verdad es extraída del placer mismo, tomado como práctica y recogido como experiencia” (Ibíd. p. 73); al carecer el occidente europeo de un arte amatorio como el Kamasutra o El Tao del sexo, en su desquite creó la confesión.

La confesión es una técnica de producción de verdad. En su origen religioso, como técnica cultural de producción de verdad, el concilio de Letrán, en 1215, la reglamenta como sacramento penitencial. Luego será una técnica que se aplicará en el mundo secularizado del derecho, de las ciencias sociales y humanas y la medicina.

De paso es importante indicar que a Foucault le interesa la historia de la verdad; pero la verdad no como una noción trascendente sino inmanente; una inmanencia epistémica. Se trata entonces de los juegos de verdad, la dinámica discursiva y práctica, que establece lo “verdadero” o “falso”, de acuerdo a una episteme que indica las categorías de “vericidad”.

A Foucault no le interesaba una analítica de la verdad en que algunos conceptos, como la patología sexual, por ejemplo, podían ser depurados de una razón impura y describir sus equívocos y sus aciertos científicos. Para Foucault es indisociable la verdad del poder. Por eso para este autor el poder no es una sustancia; el poder no se posee, se ejerce. Esta situación es dinámica, estrategia y reversible. El poder no lo posee el Estado, el Padre o un Saber.

En la técnica de la “confesión” se articula entonces el decir-saber-poder-verdad. En su origen religioso, la “pastoral cristiana ha inscrito como deber fundamental llevar todo lo tocante al sexo al molino sin fin de la palabra” (Ibíd. p. 29); en las “ciencias de la sexualidad”, tomando relevo del orden religioso, se articulará a ese conjunto de nociones decir-saber-verdad-poder, el del placer. El psicoanálisis haría parte de esa articulación propia de estas ciencias de lo que sexual en que hay una intensificación discursiva.

Por último quisiera indicar algunas consecuencias éticas y políticas de este libro, teniendo como base los cuestionamientos de Foucault, a la empresa de una ciencia de la sexualidad, a la cual pertenecería el psicoanálisis.

Michel Foucault, al poner la sexualidad dentro de una experiencia cultural, interroga muchos de los supuestos que tenemos de esta experiencia que le hemos dado el nombre de profunda y única. Este pensador estratégico, pareciera afirmar con su proyecto genealógico que nuestra experiencia de sujetos sexuados, es el efecto de un discurso y una práctica que Occidente se originó desde principios del siglo XIX.

Esto tiene consecuencias éticas y políticas. En las primeras, Foucault al proponer la posibilidad abierta de pensarnos de otra manera, esto es, la experiencia de sujetos sexuados, propone a su vez la posibilidad de ser otro. Foucault al proponer la tarea del intelectual, dirá en una ocasión, que éste tiene que “desprenderse” de lo que ha sido. Igualmente el “sujeto sexuado”, a través de estas interrogaciones genealógicas, está abierto a otras posibilidades no pensadas. Más que recabar en una reflexión para afianzar unos pilares inamovibles de lo que somos, la tarea genealógica busca llegar a ser otro de lo que hemos pensado. En una entrevista Foucault afirmará que el sexo no es una fatalidad; es una posibilidad de vida creativa.

En la esfera política, consecuencia de lo anterior, Foucault propone un ir más allá, y propone la
[…] la creación de nuevas formas de vida, […] la creación de nuevas formas de vida, relaciones, tratos amistosos en la sociedad, en el arte y en la cultura, de nuevas formas que se establecerán a partir de nuestras opciones sexuales, éticas y políticas. No se trata sólo de defendernos, sino también de afirmarnos y no únicamente en lo concerniente a la identidad sino en lo que hace referencia a la capacidad creativa.
Bibliografía de referencia

DREYFUS, Hubert y Paul Rabinow. Michel Foucault: más allá del estructuralismo y hermenéutica. Argentina, Nueva Visión, 2001.
FOUCAULT, Michel. La voluntad de saber. México, Siglo XXI, 2000.
FOUCAULT, Michel. “Sexo, poder y gobierno” (Entrevista). www.geocities.com/bakuninn/e.mf.html
MILLER, James. La pasión de Michel Foucault. España, Andrés Bello, 1996.




POR UNA GENEALOGÍA DE LA LOCURA EN MEDELLÍN


POR UNA GENEALOGÍA DE LA LOCURA EN MEDELLÍN:
ESPACIO, CUERPO Y SUBJETIVIDAD
[1].


Por:
JOSÉ ANDRÉS FELIPE SILVA MANTILLA
Psicólogo de la Universidad de Antioquia
Estudiante de la Maestría en Historia
Universidad Nacional de Colombia Sede Medellín








POR UNA GENEALOGÍA DE LA LOCURA EN MEDELLÍN:
ESPACIO, CUERPO Y SUBJETIVIDAD

El presente texto es tan sólo la formulación de un proyecto de investigación que se encuadra en la disciplina histórica. Así, la formulación misma del proyecto ya fue sometido a diversas observaciones por parte de pares evaluadores, fundamentalmente en lo concerniente al tipo objeto de estudio, a la metodología que dicho objeto precisa y al plan de trabajo por desarrollar. Éstas observaciones exigieron de mi parte reformular algunas ideas, replantear la metodología y hacer más explicito el plan de trabajo. Por ello, lo que voy a presentarles aquí es sólo la ruta intelectual que me ha sido necesario elaborar tras la reflexión del plan de trabajo. Por el momento haré dos advertencias a propósito de esta ruta: En primer lugar, el tema de estudió y la metodología de trabajo no son innovadores: existen trabajos precursores de éste en lo concerniente a la historia de la psiquiatría en Antioquía y los elementos metodológicos provienen de fuentes claramente reconocibles; sin embargo, y ésta es la segunda advertencia, fue necesario que tanto el tema como metodología fueran objeto de una reflexión que demostrara de mi parte el grado de apropiación; lo cual hace evidente que se ha generado cierta particularidad en ésta investigación, por lo cual se insinúa que hay una pisca de innovación. Dicha particularidad está dada por los tres elementos de la ruta -espacio, cuerpo y subjetividad- como los elementos que dan cohesión a la problematización que aquí se hace sobre la locura. No obstante, mi reflexión tiene todavía una deuda pendiente: no he tenido la oportunidad de compartir mis ideas con mis colegas a quienes -espero- sean los principales interesados en el desarrollo de éste proyecto. Por ello considero que ésta es la ocasión propicia para someter a discusión mi propuesta.

Así, mi interés por el tema de la locura siempre ha estado presente a lo largo de mi formación como psicólogo pues la he considerado como la frontera de la inteligibilidad del hombre, ya porque en los abordajes teóricos señala los límites de la racionalidad de la psicología, o también porque en su terapéutica implica un replanteamiento de la metodología y los objetivos de la tradicional intervención sobre pacientes no-psicóticos. Pero tradicionalmente la locura ha sido replegada a las formas de intervención médico-psiquiátricas, por ello fue tan solo en mis prácticas clínicas en la unidad de salud mental del Hospital Universitario San Vicente de Paúl de Medellín entre julio del 2004 y julio del 2005 la ocasión para tener un acercamiento a los pacientes psicóticos y tratar de comprender bajo sus propias formas del pensamiento lo que era ser o estar loco. Sin embargo, yo no hallaba el mismo interés en los otros miembros del equipo médico-psiquiátrico, lo cual me permitió tener cierta libertad para indagar en estos pacientes con unos propósitos y unas técnicas de entrevista diferentes a sólo extraerles información subjetiva para volverla objetiva. Esto era lo que se les enseñaba -y creo todavía se les enseña- a los residentes de psiquiatría bajo el dispositivo de entrevista médica. Entonces, los miembros del equipo médico debían tomar un curso de acción terapéutica, generalmente conductual y psicofarmacológica, mientras tanto yo continuaba indagando y conversando con los pacientes. Así, el loco devino para el equipo médico un objeto de la intervención psiquiátrica, en tanto que para mi era el sujeto de mis indagaciones psicológicas para tratar de comprender las producciones discursivas de su pensamiento. Ambos dispositivos de indagación clínica utilizan como unidades básicas de interpretación patológica la palabra y el pensamiento del paciente, pero las consecuencias terapéuticas son diametralmente opuestas. La psiquiátrica busca reducir la producción de incoherencias del pensamiento, mientras la otra busca avivar las producciones discursivas. La una calla al paciente, mientras la otra lo hace hablar.

Lo anterior supone interpretar a la locura de dos maneras diferentes: 1) Una caracterización preeminentemente objetivada que prevalece en el discurso médico-psiquiátrico. Esta parece haber sido la forma como el loco devino enfermo mental y se convirtió a su vez en objeto de estudio de un nuevo discurso médico: la psicopatología. O 2) Como una forma más de subjetivación dentro de la esfera general de las prácticas sociales que condiciona a los sujetos.

El presente proyecto investigativo surgió de esta coyuntura entre las visiones tecnológicas de intervención sobre la locura y establece la necesidad de una crítica al discurso psicopatológico de la psiquiatría para hallar las justificaciones de su actuar. También pretende ser un ejercicio ético del cuidado de sí-mismo. Es decir, para que el profesional que estudia y trata a la locura realice un ejercicio clínico responsable del saber que él mismo ostenta y limitar su poder sobre los que están a su cuidado, en particular el loco; y así respetar los momentos y mecanismos de sus formas de subjetivación. Es decir, que se busca justificar el conocimiento crítico de la historia de las transformaciones técnicas de la psiquiatría en Medellín como una acción ética que puede realizar el que trata la locura para no mal-tratarla. Así, se concibe la posibilidad de realizar un análisis crítico de los cambios de las prácticas médicas en el Manicomio Departamental de Antioquia para establecer su correlato con la apropiación del saber psicopatológico a nivel local. El archivo de Historias Clínicas del Hospital Mental que reposa ahora en la Universidad Nacional puede condensar las prácticas psiquiátricas y el saber psicopatológico bajo el contexto de la incorporación de estos en el dispositivo tecnológico hospitalario. Y cómo estas prácticas, saberes y materialidades dejan sus impresiones sobre la subjetividad de los pacientes.

Este discurso psicopatológico ha sido antecedido y seguido por prácticas médicas y sociales sobre la locura como el encierro, la exclusión, la inmovilización, la incomprensión, entre muchas otras; pero la objetivación de la locura a través de esta nueva disciplina, la psicopatológica europea del siglo XIX y principios del XX, ha generado unas acciones que tiende a minimizar las manifestaciones visibles de la locura bajo la racionalidad médica y esa supresión alcanza las formas no visibles de la locura, las de la subjetividad, que no son tenidas en cuenta por dicha racionalidad. Es decir, abordar los trastornos, enfermedades o pasiones (pathos) de la psique ha derivado en una práctica que desconoce las formaciones subjetivas de la ideación demencial, psicótica, alucinatoria y delirante que comprenden el drama subjetivo del estado psicótico. Así es como la intervención terapéutica psiquiátrica que se erige sobre una racionalidad científica biomédica que desconoce las configuraciones de la historia personal del paciente. Es decir, reduce las dolencias de la psique a un estado positivo, en el sentido material y observable, de alteraciones de la conducta por agitación -manía- o por falta de reactividad o resonancia psíquica -melancolía o depresión-. La psicopatología es así, la disciplina que favorece la captación médica de un estado conductual que se sintetiza en un cuerpo que parece abandonado por la cordura de la razón y la moral de su ser, y que ha sido segregado en el manicomio por las formas de vinculación próximas de su propia familia y las mediatas de la sociedad. O sea, que los trastornos de la razón y la desviación de su moral parecen que convierten al sujeto de la locura en una entidad inaprensible de forma directa para la terapéutica psiquiátrica y por ello se busca generar su intervención a través del continente material de dicha subjetividad, a saber: la corporalidad del loco. Es así, que proponemos a la materialidad de las prácticas médicas en torno a la locura como el horizonte sobre el que se puede cuestionar cómo los conceptos de la psiquiatría se transforman junto a las formas materiales del dispositivo médico, en particular los asociados a las prácticas hospitalarias. Es decir, que se debe establecer la corporeidad del loco moldeada por la materialidad de las prácticas médicas en la espacialidad hospitalaria. Así, la posibilidad de establecer la relación entre el cambio conceptual y las técnicas materiales de intervención terapéutica puede favorecer la inteligibilidad de las nociones de lo normal y lo patológico que determinan el curso del tratamiento a seguir en la enfermedad mental. Se puede suponer de antemano que este dispositivo intelectual posee como horizonte interpretativo la relación-tensión entre una psicopatología que se muestra teórica y epistemologícamente depurada y unas prácticas clínicas que parecen técnicamente adecuadas, conceptualmente coherentes y moralmente aceptadas. Entonces las prácticas terapéuticas hospitalarias de la psiquiatría deberían estar al nivel de la teoría psiquiátrica y de la moralidad social; pero lo que se haya en el fondo es que el psicótico sigue siendo un loco, su terapéutica es el encierro y su moralidad es el silencio.

Entonces, es inexcusable establecer una indagación en torno al surgimiento y sostenimiento de las categorías de lo normal y lo patológico a lo largo de una disciplina que no ha logrado justificarlas bajo el rigor metodológico de la racionalidad científica más allá de la aceptación pragmática y evidente de la existencia de los sujetos locos. De igual manera estas categorías de lo normal y lo patológico como formas de discriminar la salud de la enfermedad mental no han logrado justificar un abordaje terapéutico que sea en rigor la supresión de la enfermedad y la recuperación de la salud. Pero este no ha sido el camino que se ha seguido ya que no es el más viable para la implementación tecnológica hospitalaria en salud mental. La supresión de la enfermedad es una noción conceptualmente adecuada en las enfermedades infecciosas donde los agentes causantes de éstas han sido aislados en su mayoría por la tecnología del laboratorio. Pero en salud mental los agentes causantes de las enfermedades se resisten a esta reducción. Es sobre la relación entre la conformación, la apropiación y la aplicación del código del lenguaje psicopatológico en el contexto de la tecnología hospitalaria que se puede realizar una crítica coherente a la racionalidad psiquiátrica. Es decir, que sin la experiencia de la clínica el conjunto de las teorías psicopatológicas carecería de sentido. O sea, que la pregunta se hace sobre las formas prácticas de aplicación de un saber y no exclusivamente sobre el saber depurado y abstracto.

Ahora, es evidente que el proyecto arqueológico del saber de Michel Foucault brinda las herramientas ideales para ésta investigación, pero además se pretende integrar el proyecto a un dispositivo genealógico. Si éste aborda la relación discurso-poder, la arqueología establece el marco donde se inscribe dicha relación como posible: saber-verdad
[2]. Así, el estudio genealógico es la herramienta intelectual de resistencia contra la conjunción de un saber y un poder y la arqueología nos ofrece los elementes que sostienen la ecuación del poder. Entonces, ésta economía de las relaciones de poder se enfoca hacia una crítica histórica de las racionalidades que generan dominación. En otros términos, la crítica histórica podría ser la herramienta tecnológica para el cuidado de sí que debe realizar el profesional de la psicología o la psiquiatría. Por otra parte, este trabajo también debe mucho a Georges Canguilhem (1943), quien delimita primordialmente la forma de indagación sobre las disciplinas de la vida al anteponer a la indagación del saber científico la crítica del saber técnico de una disciplina, pues sobre éste es que se puede hacer visible las formas de normalización que se hacen comunes en la práctica científica. Y finalmente, otro referente ineludible es el aportado por Richad Sennnett (1994), quien ofrece una posibilidad interpretativa de la relación entre espacio y cuerpo como unas formas que solo se hacen visibles en la tensión entre la Carne y la piedra[3].

En síntesis, el esclarecimiento de los enunciados de lo normal y lo patológico en psiquiatría y el desvelamiento del poder ejercido por la imposición de éste saber en la clínica dependen del depuramiento de los alcances del discurso psicopatológico como disciplina teórica y de la psiquiatría como práctica clínica.

Ahora, se debe advertir que la indagación sobre de la locura en Medellín y el Manicomio Departamental de Antioquia no es un problema inédito, existen trabajos que generan un precedente para la presente investigación.

Así, como antecedente en la problematización de la espacialidad hospitalaria en Medellín encontraos a José Betancur Serna (1987) en su Aproximación al problema de orden físico-arquitectónico de un hospital mental. La idea por él expuesta parte de concebir como un aspecto fundamental del desarrollo del hombre el reconocimiento de su identidad en un espacio de desenvolvimiento y productividad y que para el caso del hospital psiquiátrico debe reflejar un ambiente doméstico que no violente al individuo
[4]. Así, se juzga a los hospitales psiquiátricos por su capacidad para reincorporar a un individuo a sus relaciones sociales, empezando por unas sociabilidades básicas y de contención en el centro hospitalario, también por la posibilidad de ofrecer una ocupación útil durante la estadía en el sitio de reclusión y finalmente la salida y retorno a la sociedad. Así, el hospital debe brindar los dispositivos espaciales que garanticen estos procesos. No deja de llamar la atención que como parte del proceso terapéutico se incorpore una terapia industrial o social, que implica la utilización de talleres para que los enfermos realicen algunos trabajos manuales, pero aún más curioso es que se insinúe que el producto de esta terapia puede retribuir un rubro al hospital, lo cual devela el sentido del trabajo como la acción propicia para salud mental[5]. Así, desde estas perspectivas, la espacialidad más adecuada para un tratamiento es el hogar, para no alterar el contexto social del enfermo, es decir, sus vínculos familiares y sus formas de producción. También plantea la posibilidad de unos niveles de intervención en las diferentes figuras institucionales del sistema de salud como lo son: centros de salud, unidades intermedias y hospitales regionales[6]. Bajo esta jerarquía, el hospital psiquiátrico es el último recurso o el más extremo ante las enfermedades mentales, dada la especificidad de sus tratamientos y, por ende, de su planta física.

Ahora, en torno a la especialización del conocimiento médico y sus demandas espaciales específicas se toma como arquetipo la especificidad espacio-técnica-saber de la cirugía. Entonces se debe reconocer que la psiquiatría también debe poseer unas especificaciones espaciales acordes con su saber y su técnica, en los cuales la escucha del discurso llega a ocupar el mismo lugar en importancia del auscultar los órganos en medicina general. Por ello, nos autorizamos a valernos de la metáfora según la cual se debe cortar y suturar el discurso del paciente en salud mental. Dicha tecnología precisa de una espacialidad específica que la optimice.

En cuanto a lo noción de enfermedad mental que podría acoger el Hospital Mental de Antioquia bajo la óptica que ofrece la interpretación de su planta física en Betancur Serna, se puede decir que impera la noción según la cual el enfermo mental debe ser aislado de la sociedad pues ésta altera su ánimo, pero apenas lo suficiente para que accesibilidad a los servicios de salud mental y su reincorporación a la vida social sean fáciles para el enfermo
[7]. Ahora, la tendencia es a tratar de ir incorporando cada vez más la vida hospitalaria en las dinámicas recreativas y comerciales de la ciudad incorporándose en las unidades de desarrollo comunitario, evitando el aislamiento del edificio.

En síntesis, el concepto arquitectónico que debe dominar las instituciones psiquiátricas es la elasticidad: “La elasticidad es un concepto básico en la actualidad, la cual permite crear y adecuar áreas hospitalarias utilizando tabiquería o panelería. De ahí que el componente estructural de vigas y columnas sea ideal para permitir cambios”
[8]. Pero al mismo tiempo en Betancur Serna persiste la idea de que a los locos no les dura nada y por tal sus instalaciones deben ser de mejor calidad de lo que regularmente se usa para los hogares[9], como en reiteradas veces lo denunciaba la señora María de Jesús Upegui, administradora de la casa de locos, al presidente de esta corporación en 1892:
“Señor con el debido respeto me atrevo a suplicarle tanto a usted como a la honorable corporación se dignen por el amor de Dios darme unas camitas para los loquitos. Estos pobres duermen en el suelo y este está sumamente mojado y a más muy desabrigada la casa todavía. Esta casa está muy descasa de todo, ni camas, ni cobijas, ni vestido, es pobre como ningún otro establecimiento de los que hay aquí. Hay cuarenta loquitos por eso le pido treinta camitas que de unos pedazos que han quedado podré arreglar unas diez. Pena me da porque me figuro que dirán que porqué no hay camas siendo tanto tiempo que se fundó esta casa, pero que extraño es que a los loquitos no les dure nada, la casa ésta siempre ha sido muy pobre y nunca ha tenido lo necesario, algunas camas he comprado, diez con las economías que he podido hacer. Muy malas ya se han destruido. Pido mil y mil perdones al señor presidente de la honorable” (Las cursivas son mías).
[10]

Elasticidad y durabilidad, el antagonismo que implica estos conceptos arquitectónicos nos autoriza a cuestionar las tensiones que se daban en torno a la demanda de una espacialidad que según estos criterios debe ser lo suficientemente elástica para que se adecúe a las demandas especificas de cada tipo de las entidades clínicas de la población hospitalaria, pero también de una calidad superior para que les dure a los locos. Debe adecuarse al imperativo siempre modernizante de la ciencia, pero también debe perdurar en el tiempo para la asistencia, control y administración de la locura en la ciudad nunca falte.

Finalmente, la idea de una falta de voluntad política aparece esporádicamente en los planteamientos de Betancur Serna como una dimensión diametralmente opuesta a los postulados teóricos o científicos que rigen la construcción adecuada de estos hospitales
[11]. Esto obedece a que el tratamiento hospitalario redunda en un gasto oneroso para el sistema de salud. La lógica que marca esta racionalidad medico-arquitectónica y, ahora, político-económica es la del costo-beneficio[12] y a su vez la lógica que formula esta economía es la del consumo de espacio y servicios hospitalarios; calculo que se traduce en las cifras de metros cuadrados y personal asistente. Es decir, consumo de aéreas físicas y de recursos hospitalarios[13].

En la historiografía de la psiquiatría en Colombia encontramos a Humberto Rosselli (1968)
[14] y en Antioquia a Alfredo De los Ríos (1981)[15] y Luciano López Vélez (2006)[16]-[17]. Pero se debe advertir que estos trabajos se caracterizan por un estilo de historia institucional. Por esto entendemos que es una sucesión de eventos y problemas, más no es así una historia problema. Es decir, que en su planteamiento no existe una problematización de los diversos cambios institucionales, sino una reconstrucción cronológica exhaustiva -y esto hay que reconocerlo- de los acontecimientos que configuran el pasado de la institución y dan la ilusión de un progreso teleológico de la psiquiatría que tiende hacia el estatuto de cientificidad, tan sólo retrasado por acontecimientos aparentemente ajenos a su propia configuración como disciplina médica; dichos fenómenos son de orden político y económico. Así, Alfredo De los Ríos y Luciano López Vélez destacan los diversos movimientos médicos y urbanos que caracterizaron las trasformaciones de las diferentes figuras institucionales para el control de los locos. Que se pueden descomponer así: Los intentos fallidos de crear una “casa de alienados” (1875), luego la creación del “Hospital de locos” (1878), la promulgación de la ordenanza para la creación del Manicomio de Antioquia (1888), su planeación (1889) y finalmente el traslado de los primeros enfermos al manicomio del paraje de Bermejal (1892). Así, sobre estas trasformaciones las figuras sociales y políticas que ejercieron su influencia fueron: la caridad y la beneficencia, donde las relaciones de poder se conjugaban entre gobierno e Iglesia a la cabeza del gobernador del Estado autónomo de Antioquia y el obispo, y sus brazos de ejecución, la Beneficencia de Antioquia y la Hermanas de la caridad; y posteriormente la incorporación de la disciplina en la tecnología médica a través del dispositivo biopolítico de la Junta de Higiene Departamental de Antioquia a principios del siglo XX[18]. Por ello, Luciano López resalta el periodo correspondiente a 1914-1919 como un periodo trascendental en la transformación y el mejoramiento de la calidad asistencial. Todos los cambios estaban contemplados en la ordenanza N° 25 de abril de 1914. En dicho periodo de la institución se implementa la Junta de Control y Vigilancia del Manicomio Departamental de Antioquia tras la derogación de la junta directiva del mismo, también la delimitación de un conjunto de funciones administrativas y asistenciales que debía cumplir el director-administrador del manicomio. Paralelo a esto ya se había emprendido el proyecto de publicación de un manual para el personal del manicomio. Y finalmente en 1915 en la ordenanza Nº 50 se implementaría un reglamento -basado en el de 1914- para que los médicos y alcaldes de los municipios de Antioquia conocieran las condiciones de remisión de los enfermos al manicomio[19]. También en 1915 se limita las funciones del director-administrador a velar por la “higiene general” del manicomio y, a su vez, para las otras funciones asistenciales, se nombra un médico auxiliar y que luego se complementaría con la reglamentación del cargo de un Médico interno en la ordenanza N° 34 del 28 de abril de 1917[20]. Esta división de las funciones del manicomio le facilitó al doctor Juan Bautista Londoño dedicarse a aspectos epidemiológicos-estadísticos de la institución, lo cual se reflejaría en los informes a la gobernación sobre la situación científica del manicomio a partir de enero de 1916. Lo significativo de estos hechos es que el doctor Juan Bautista Londoño resalta por primera vez la necesidad de una capacitación del grupo de miembros de la institución como una condición necesaria para la implementación de un verdadero funcionamiento asistencial, incluso de similar importancia respecto a la adecuación espacial del manicomio[21]. Así se genera una ruptura respecto a la continua, y ya para entonces reiterada, demanda por una espacialidad adecuada a los preceptos de la ciencia moderna como una condición sine qua non para la intervención de la locura. Lo que se puede vislumbrar son los primeros signos de la incorporación de la disciplina médica al campo administrativo de la locura.

Finalmente, Alfredo De los Ríos y Luciano López destacan las referencias al crecimiento y desarrollo económico de la ciudad que derivó en ciertas concepciones médicas como la que consideraba que la acumulación de población en esta nueva ciudad predisponía la exaltación de las pasiones a diferencia de lo que sucedía en el campo. Lo cual a su vez tenía su reflejo en las concepciones terapéuticas que se debían asumir, como el aislamiento del loco y del manicomio del centro de la ciudad para favorecer el reposo frente a la desorganización y la exaltación de las pasiones que producía la ciudad en expansión. Las demandas en torno a las disposiciones espaciales en la conformación del Manicomio Departamental son frecuentes y redundan en señalar su precariedad y por consiguiente su ineficacia terapéutica
[22].

Por el contrario, Claudia Maria Montagut (1997) en La Formación del Discurso Psiquiátrico en Antioquia: 1870-1930: Una Cartografía de la Exclusión
[23], realizó una interpretación crítica de la evolución de la psiquiatría en Antioquia que se caracterizó por establecer a través de la medicina legal en el siglo XIX tres formas de pliegues que existían en la locura: la política, como el problema social del loco; la moral, el control de sus comportamientos; y la antropología-biología, como la conceptualización natural y racista de la patológica criminal. Según Montagut, el manicomio sintetizaría estas tres formas sobre las que se pliega el problema de la locura y las reunió en una aparente pureza; y el artificio para dicha unificación partió del racismo y finalizaría en la moral[24]. Así, Claudia Montagut resalta la falta de un movimiento organizado en la conceptualización de la locura en la primera mitad del siglo XIX que obedece a que las tecnologías y los estatutos teóricos en torno al loco, en la legislación como en la medicina no eran claros. No eran objeto jurídico, ni antropológicamente enfermo. Todo ello a pesar de la clara difusión e influencia de la ciencia y tecnología europea sobre la locura. Es así como en el marco de la medicina legal y los juicios de interdicción aportados por la revisión del Archivo Histórico Judicial de Medellín, se muestra que la unión entre psiquiatría y medicina legal no fue clara, salvo por la utilización de un lenguaje médico aparentemente común, pues la medicina legal se practicaba ya desde la colonia[25]. Por el contrario la psiquiatría como intervención clínica orientada por ciertos principios científicos o seudo-científicos sólo se iría consolidando de manera irregular y discontinua desde la segunda mitad del siglo XIX a partir del establecimiento de los diversos esfuerzos administrativos para instaurar las diferentes figuras institucionales que se ocuparían del problema social de los dementes y locos (mencionado anteriormente). Y que tendrían su trasformación más significativa en la creación del Reglamento del Manicomio y el Manual de instrucciones para enfermeros y vigilantes del manicomio (1914) [26], que estipulaban un número de técnicas claras de control y administración sobre el manicomio y sus pacientes -también reseñado por Luciano López-. Justo a esto se destaca la coincidencia con la aparición del código de policía de 1914 donde se empezó a incorporar toda la tecnología administrativa para la ejecución del mismo: manicomio, casa de menores, instituto profiláctico y servicio de medicina legal[27].

Por otra parte la antropología-biología muestra que la expansión del espectro entre lo normal y lo anormal impone la mirada sobre el contexto social donde se desplazan los sujetos y lo alejan de una mirada más propiamente bio-médica de la enfermedad. Ahora, el abismo loco-cuerdo no es allanado por el saber psiquiátrico en la segunda mitad del siglo XIX, sin embargo la acepción del abordaje de la responsabilidad criminal se establece como una obligatoriedad de la “ciencia moderna”
[28]. Así, la geografía que se impuso desde 1898 es la de la criminología y las formas como se presentaban los informes –sexo, edad, razas, posición social, procedencia, posiciones relevadas- develan la política médica sobre el territorio, sobre los cuerpos; es decir, la higiene. La locura desde, 1902 a 1930, se estableció a partir de las regularidades de la geografía médica, es decir a través del surgimiento de un discurso descriptivo de la raza, la procedencia, los hábitos regionales y la herencia de los caracteres adquiridos. Bajo esta tendencia se producirán un gran número de tesis sobre medicina legal a partir de la década del 80 del siglo XIX hasta la primera mitad del XX. Entre las tesis que más destacadas se encuentran las de Martín Camacho (1916)[29], Nicolás Buendía (1928)[30], Rafael J. Mejía (1931)[31] y la tesis de derecho de Miguel Martínez (1895)[32], todos estos trabajos resaltan una gran influencia de la visión positivista de la criminalidad, es decir la escuela de antropología criminal de Turín donde se destacan a Lombroso, Garofalo y Ferri, junto a la antropometría de Quetelet. Lo que los dictámenes medico-legales impugnaban -bajo la influencia de la mencionada escuela de antropología criminal- son la estrechez de los conceptos de Demencia o Loco y lo que inauguraron fue el horizonte de una diversificación de la dicotomía hombre sano y hombre enfermo movilizando una nueva cantidad de población que en medio de estas dos categorías pedían ingresar al dominio de la psiquiatría[33]. Finalmente, como fuentes de los desarrollos teóricos y de la apropiación de las nociones de la psiquiatría en Colombia se encuentran las tesis de Jiménez (1916) La locura en Colombia y sus causas[34] y de Escobar (1900) Neurastenia[35] que Montagut referencia como la condensación de los pliegues de la locura en las formas de la terapéutica.

Tras todo este recorrido creemos que si bien el manicomio como institución presentó dificultades hasta varios años después de su fundación y la nosología fue ecléctica, la terapéutica se estableció como el talón de Aquiles, paradójicamente el área que mayor poder posee. ¿Acaso será esa misma indeterminación taxonómica y científica que salvaguarda la terapéutica de la siempre confusa abstracción y se impone como un conjunto de acciones concretas? Las peripecias de la medicina por establecer la enfermedad en el cuerpo del loco sólo devienen tras el establecimiento de la terapéutica. La relación entre enfermedad mental y terapéutica condensa las tendencias y medios por los que se definen la enfermedad. Sin embargo, todas las tendencias terapéuticas de las diversas interpretaciones de la enfermedad también incluirían el tratamiento moral o el aislamiento, que se basa en una teoría de los comportamientos. Todo lo anterior guarda su proporción con la forma como Georges Canguilhem (1943) ha planteado la transformación del conocimiento médico, en el cual se privilegia la aparición de los aspectos técnicos de la intervención sobre el desarrollo propiamente científico de la medicina
[36].

En conclusión: La cartografía de Montagut muestra las figuras que asume la medicina para la exclusión de la locura: el racismo, la moral sexual y la ley dan forma a la psiquiatría en Antioquia. Llevando al límite al lenguaje médico al justificar a través de la imagen de la enfermedad una entidad que es sine-materia y que aún así ejerce su poder sobre la materialidad corporal del loco. De la cual se desprenden dos desarrollos que arriban al mismo fin: 1) la neurología y 2) la moral, y el fin común es disciplinar y normalizar a través de las técnicas institucionalizadas con el encierro. También demuestra como los nuevos movimientos de la política y la economía tienden a desplazar aquellas fuerzas que se ocuparon inicialmente de la locura: la caridad y la filantropía. Pero Montagut, más allá de enunciar este fin que se justifica en todo su recurrido de la exclusión, no desarrolla las lógicas materiales del encierro. Por el contrario el trabajo de López Vélez de su Historia institucional y terapéutica puede caracterizarse como la visibilidad del continuo mejoramiento del continente de los locos por la elevación del número de los mismos, es decir que en el manicomio las exigencias espaciales para el tratamiento científico de la locura se realizan en relación con el aumento de la demanda de atención psiquiátrica en Medellín, la cual corresponde con la proporción del crecimiento de la nueva urbe industrial y comercial. Y bajo esta lógica del trato que se le dio al espacio en que se albergaba a la locura hubo una constante demanda de los recursos económicos adecuados. López Vélez termina por privilegiar la historia económica sobre la historia científica de la psiquiatría. La tesis del trabajo es que los médicos-psiquiatras administran pobreza como un factor etiológico de la locura, pobreza que se reflejaba por la falta de ostentación material y por la proliferación de problemas de higiene en el manicomio. Finalmente, De los Ríos nos ofrece una apreciación que da sentido a una interrogación sobre la materialidad de la intervención psiquiátrica como la forma de develar su heurística normativa en un periodo donde la justificación de la intervención no guardaba las proporciones científicas que de un tiempo para acá ha procurado las prácticas médicas, y que la constante preocupación por el espacio sólo circundó el mismo dispositivo conceptual-terapéutico que se esmera por intervenir el continente y no el contenido de la locura:

“Si las causas eran aún desconocidas o estaban implícitas en las teorías de la degeneración o de la debilidad constitucional, los recursos terapéuticos apuntaban a desterrar el síntoma, y a lograr una ‘restitución ad integrum’ mediante la cual esa naturaleza trastornada, debería regresar a sus carriles normales (49). Lo importante no era el contenido de la locura, sino el tipo de trastorno observado. Por eso el espacio de los manicomios, se ha considerado como un espacio predominantemente visual, donde se logra el registro de lo observado pero poco se escucha el discurso emitido. Las preguntas se dirigían al cómo, y posteriormente a un porqué, en el interior del cuerpo; pero el discurso mismo es desechado como significativo, y sólo es válido en cuanto adquiere una racionalidad posible en el contexto expresivo de una Semiología. De allí que la empiria es el punto de partida que predomina en los tratamientos utilizados y el papel del alienista y su equipo de vigilantes, es el de encausar y reorganizar ese síntoma, que subvierte el equilibrio natural”
[37].

Creemos que la problematización de la espacialidad terapéutica de la psiquiatría ha dejado ver toda su materialidad objetivante, incluso por encima de la ecléctica nosología de las enfermedades. Es por ello que el esclarecimiento arqueológico de los enunciados de lo normal y lo patológico en salud mental y el develamiento del poder ejercido por la imposición de este saber en la clínica dependen de la visualización material de los alcances del discurso psicopatológico como disciplina teórica y como práctica clínica en el contexto hospitalario.

Ahora, Sobre la metodología como la forma del dispositivo heurístico del proyecto podemos considerar dos puntos problemáticos: 1) La enumeración de unos pasos a seguir en la ejecución del proyecto para comprobar las hipótesis. Los cuales deben tener un sentido probatorio, tanto experimental como argumentativo. 2) El otro aspecto de la metodología que no necesariamente es diferente del anterior, por el contrario está en una estrecha relación, es la enumeración de un plan argumentación. En principio el plan de escritura pertenece al último momento de la ejecución del proyecto, pero desde el principio se debe tener un horizonte que brinde un esquema de trabajo y argumentación del texto final de la investigación. Es por ello que este plan debe ser coherente con el plan de trabajo y, más aún, debe hacer visible este último en la escritura a modo de bitácora investigativa. En síntesis, los puntos de la metodología deben condensar en un trazado coherente el plan empírico de investigación y el plan retorico de escritura, es decir un esquema argumentativo-probatorio.

Ahora, se ha hecho tal énfasis en la subjetividad negada de la locura en la argumentación del proyecto, que la realización de un plan propiamente empírico de investigación es poco clara ya que la historias clínicas del Manicomio Departamental no abarcan todo el periodo que aquí se propone (1875-1930), generando una desproporción entre argumentación del problema y las fuentes para el plan de investigación. Por ello se debe aclarar el plan general argumentativo-probatorio para justificar y equilibrar el componente investigativo del proyecto.

Así, la forma heurística que se ha puesto en juego es la visualización del cuerpo del loco o la corporeidad del loco moldeada por el manicomio, la cual debe hacer evidente la mencionada subjetividad negada. Esto supone una interpretación negativa donde a través de la visualización positiva de un objeto -el cuerpo en el espacio- se puede elucidar el negativo de dicho objeto -el sujeto negado-. Ahora, este plan en su componente investigativo y probatorio puede tener objeciones, pues al proponernos escuchar una subjetividad negada su positividad es imposible, pues dado que el carácter de su negación impone que sus registros sean mínimos o nulos y su elocuencia sólo puede ser legible por un acto intuitivo más que sensible. Digo intuir, pues la visualización de la subjetividad bajo esta lógica es epistemológicamente imposible. Creo que la subjetividad no se deja ver, ella, si acaso, se hace escuchar. Aún así, debo justificar el mecanismo por el cual la locuacidad subjetiva de la locura se nos revela a través de la intuición de su palabra negada. Y es aquí donde se debe recurrir a la visión genealogista de Nietzsche y Foucault para justificar la propuesta metodológica que se basa en una interpretación negativa de hechos ausentes, es decir en la intuición.

Así, en Nietzsche no se ha podido definir cuál es el impulso del hombre que lo lleva hacia la verdad. Tan sólo se ha hecho evidente los compromisos de los hombres a vivir en una sociedad como hombres veraces, a mentir de acuerdo con una convención firme; esto es lo que él llama la moral. Sólo a través de las convenciones del lenguaje es que se permite una oposición entre verdad y mentira; bueno y malo. Hablamos de las convencionalidades del lenguaje ya que este no sigue o recrea un proceso lógico. Así, Nietzsche define la verdad como:

“Una multitud en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismo; en una palabra, un conjunto de relaciones humanas que, elevadas, traspuestas y adornadas poética y retóricamente, tras un largo uso el pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son, metáforas ya utilizadas que han perdido su fuerza sensible, monedas que han perdido su imagen y que ahora entran en consideración como metal, no como tales monedas”
[38].

En otros términos, la inconsciencia del hábito de mentir hace que este adquiera el sentido y el valor de verdad. La incorporación de los convenciones del lenguaje en los movimientos de las relaciones y tensiones humanas impulsa el surgimiento de los monumentos a la civilización que niegan el pasado efectivo. La quietud de esos monumentos se constituye en el constante movimiento de las figuras y tropos del lenguaje. Pero ¿Cómo se congela o cristaliza esta vivaz dinámica del lenguaje? ¿Qué movimientos del pasado ofrecen la quietud del presente? ¡Qué vicio este del hombre de buscar en el dinamismo del pasado la serenidad de la identidad del presente! O ¿acaso podemos hacer lo inverso? Que a partir de la serenidad del presente se imprima nuevas fuerzas a los movimientos ya simulados del pasado para abrir nuestras posibilidades hacia el futuro.

Volquémonos un instante a los terrenos de la Genealogía de la moral donde se puede caracterizar estos movimientos que el hombre realiza del presente hacia el pasado. Allí se define al hombre como el que precisa del olvido para poder pronunciarse sobre el futuro. El olvido representa una fuerza vigorizante sin la cual no puede haber la tranquilidad en el presente
[39]. Parece que el olvido es ese movimiento que puede generar la quietud para el presente y sólo sobre el dominio del inanimado pasado el hombre puede manipular su futuro. Este futuro le es al hombre impredecible y el presente incomprensible sin la estática aprehensión del pasado. Entonces, lo que le depara al hombre estará dado por la forma como en el presente constituye su pasado. Pero dejemos que sea el propio Nietzsche el que nos lo sintetice:
“El orgulloso conocimiento del privilegio extraordinario de la responsabilidad, la conciencia de esta extraña libertad, de este poder sobre sí y sobre el destino, se ha grabado en él hasta su más honda profundidad y se ha convertido en instinto dominante: -¿cómo llamará a este instinto dominante, suponiendo que necesite una palabra para él? Pero no hay ninguna duda: este hombre soberano lo llama su conciencia…”
[40].

Dicha conciencia de dar cuenta de sí tiene su procedencia en las acciones del dolor humano que se han marcado en la memoria estabilizada del pasado que imprime al presente sus juicios y valores; esta es la mnemotecnia del martirio y del dolor asociada a la misma conciencia. Así, las mayores pesadumbres del género humano surgen junto al mayor logro de la civilización, a saber: su moralidad. Hallamos en esta uno de los monumentos en el presente de un pasado ya cristalizado. Así para Nietzsche el proyecto genealógico es un trabajo prehistórico sobre la eticidad de la costumbre que está justificado para movilizar una indagación sobre la moral petrificada del presente y las formas y los movimientos que esta historia devela deben ofrecer una positividad que permita rastrear los instintos negados. La eticidad de la costumbre como un trabajo prehistórico sobre sí-mismo parece ser el sentido del proyecto genealógico, pero esta pesquisa se aplica sobre la nemotecnia corporal y como tal debe ser el sentido del dispositivo metodológico de mi propia indagación de la historicidad del tratamiento de la locura. Las marcas corporales que debela la genealogía deberían poder modificar la actitud actual hacia los valores incuestionables y más caros ante el tratamiento de la locura, pues precisamente su precio, su valía, debe ser discutido -y por qué no, tal vez negociado- para que el camino de su depuración ética no sea obstruido por la añoranza de sus costos. Esta voluntad destructora o corrosiva de la genealogía ínsita al hombre a que redefina su historia, su identidad y, en el presente proyecto, mi posición ética como psicólogo ante la locura. La cuestión es cómo imprimir movimiento a esa estatua de la civilización para que los dominios del destino no estén sometidos a las formas paralizadas del presente.

En este punto es necesario introducir las discriminaciones que Foucault realiza de los términos de: origen, procedencia y emergencia. El primer término, el origen, implica la búsqueda de lo que estaba dado. Es la búsqueda de la razón constituyente y última de los hechos, que a su vez sea la razón única. Tras esta forma de indagación se busca la esencia identitaria de las cosas, la cual es, evidentemente, una concepción metafísica del pasado que implica un origen precioso y esencial de las cosas. En última instancia busca llegar al origen divino y verdadero de las cosas
[41]. Pero el mismo Nietzsche exigía que la crítica de la verdad fuera experimental, precisamente por el carácter metafísico en el que ella se sustenta[42].

El segundo término, la procedencia, destaca la relación con la fuente de los hechos o las cosas. Señala la pertenencia filial de las cosas en una especie, y al interior de ella las dispersiones que la han diferenciado. Dicha pertenencia filial no guarda una relación de continuidad ininterrumpida; la procedencia rescata las acciones, los accidentes y las desviaciones que marcan una nueva ruta a los hechos y a las cosas: este esfuerzo hacia el pasado no se ajusta a la identidad y verdad de las cosas
[43]. A diferencia del origen, la procedencia no solidifica las fuerzas del pasado, sino que le imprime un empuje que deja grietas, fisuras, y la estabilidad de los monumentos y la homogeneidad de su movimiento quedan tambaleando ante la apertura a un pasado dinámico.

En tercer lugar, la emergencia se establece como una lucha singular o de aparición de las versiones individuales dentro de una especie a través de un estado de fuerzas en tensión. Tal movimiento lo puede hacer un elemento de la especie que evita su corrupción por el reposo de sus fuerzas o estancamiento de su vitalidad. Es una tensión, o violencia, de las fuerzas que puede ejercer el individuo sobre sí mismo para procurar una redistribución dentro de la especie. Es decir, el elemento o individuo de la especie genera un distanciamiento y segregación por la redistribución de unos y otros en el espacio en que se desplaza la misma especie
[44]. Así, la emergencia deja traslucir un lugar de enfrentamiento y tensión entre los elementos de una especie generando algunas formas particulares que ya no pueden acomodarse con exactitud a la especie.

Ahora ¿por qué privilegiar los dos últimos términos frente al primero? ¿En qué se halla la justificación de que esta reconstrucción del pasado no es suficiente para dar cuenta de él? Debe haber algo del orden de la causalidad en la temporalidad que no se acoge a las dimensiones de la identidad y por tal a las dimensiones metafísicas. Nietzsche en la Genealogía de la moral cuando analiza el origen y la finalidad de la pena -o castigo- los separa, así puede tener como fin castigar pero ello no necesariamente demarca su origen
[45]. De lo que se deduce que la finalidad no es lo mismo que la causa productiva o efectiva de una cosa. Es decir, que a este nivel debe diferenciarse el tipo de preguntas que guían la investigación genealógica de cualquier objeto. Así, en la historia se destacan el recurso a la demarcación del donde y del cuando para tratar de circunscribir el área de influencia de un objeto sobre la cual se puede rastrear su condición particular. La cuestión es si dicha demarcación garantiza la discriminación del por qué de las cosas de tal forma que indique su finalidad. Sin embargo, la emergencia de un objeto en el pasado no garantiza que el por qué de su surgimiento se suspenda y perdure en el tiempo, es decir que llegue tal cual al presente y se prolongue al futuro. En la historia no se puede excluir la modificación de los objetos a partir de los diferentes usos que se les va asignando. La demarcación del espacio y del tiempo permite ubicar la aparición de un objeto particular, pero de ellos -espacio y tiempo- no se puede extraer la causa esencial del hecho. Ahora bien, se debería preguntar por el cómo tales objetos llegan a obtener ciertos fines. El análisis histórico confluye sobre este punto para tratar de establecer la mayor cantidad de condiciones que acompañaron la particularidad de un objeto. Así, la causalidad simple, lineal y continua del origen de cualquier objeto difícilmente puede ser depurada en el análisis histórico.

Ahora, se puede referenciar las tres figuras o movimientos que Foucault advierte como propios del sentido histórico del genealogista en su afán de imprimir movimiento al pasado. 1) En principio se recurre a la parodia y la bufa para evitar la solemnidad de la historia. El genealogista se presenta tras esta mascara, pues a través de la burla y risa se puede desequilibrar el sosiego que brinda el rostro de la identidad del hombre contemporáneo. Esta mascara del genealogista esconde el rostro de sus intenciones, a saber: 2) La disociación sistemática de la identidad de hombre contemporáneo. Así pues, se puede ofrecer nuevos rostros que impriman vitalidad a la fatigada cara de la identidad con lo mismo, con lo inmutable. Y en último lugar, 3) la historia genera un sacrificio del sujeto de conocimiento. Es decir, que al disolver la mueca petrificada del arrugado y cansado rostro del hombre contemporáneo se pueden ver reflejadas las inflexiones que han dejado el paso del tiempo en su identidad
[46]. El análisis histórico devela la forma misma de su constitución al estar al tanto la emergencia de sus propias fisuras.

Ahora, pareciera que este plan genealógico con su teleología de la parodia, la bufa, la risa posibilitara derrumbar la solemnidad de la historia de la práctica psiquiátrica para entrever algo de los componentes negados de la locura. La risa que pueda producir una historia genealógica de la locura debilita los cimientos que han objetivado al loco a través de la ritualidad y tradición de las prácticas médicas. En este movimiento argumentativo pareciera que la risa revela la vergonzosa y risueña cara de la locura que la técnica médica y la moral nos han querido ocultar. Así esas ideaciones del loco empíricamente pueden ser rastreadas en aquellas fuentes testimoniales de aquellos que se han pronunciado sobre la locura en las historias clínicas, en los juicios de interdicción por demencia, en las actitudes religiosas y políticas, en las referencia textuales hachas por testigos como médicos, abogados, jueces, alcaldes o por las alusiones hechas por estos en sus propias palabras sobre la locura. El sentido genealógico de la historia del Manicomio Departamental implica el rastreo de los juegos del lenguaje que derivaron en la solemne representación de la psiquiatría y la locura en Antioquia. Así, podemos considerar que el proyecto genealógico del Manicomio Departamental debe ser la excitación de movimientos ante una visión estática de la locura a través del análisis sistemático de los juegos del lenguaje -de las metáforas, metonimias, antropomorfismos- para avivar las formulas ya gastadas de la locura. Es decir, que la genealogía realiza la etimología técnica y moral de la locura para dejar intuir la presencia del loco en sentido extramural y extramoral respectivamente, o sea por fuera de los confines de los muros que la medicina y la moral han materializados en la espacialidad del Manicomio. Esta es una forma de análisis exterior del discurso como un trabajo histórico sobre las condiciones de aparición del discurso y no sobre lo que el discurso quiere decir, es el acontecimiento discursivo como un hecho de facto.
Entonces ¿dónde podemos rastrear la procedencia de la locura? En términos generales el plan de trabajo busca establecer las oposiciones entre diversas Técnicas sobre el cuerpo en dos registros: 1) la moral religiosa y la administración pública a finales del siglo XIX y 2) la medicina normalizada y el desarrollo industrial en Medellín a principios del siglo XX. Este plan de trabajo contempla visualizar los cuerpos en dos contextos a través de los discursos -como el religioso y el industrial- y las prácticas -como la policía y la medicina- que a su vez posean una espacialidad en donde se desarrollan. Así, el plan de investigación aquí descrito consta de siete partes (VII): (I) Las transformaciones de los valores antioqueños que se establecerán entre la oposición de: 1) La moral religiosa y 2) los valores industriales. Esto a su vez debe suponer una (II) Taxonomía moral de la locura: 1) La policía en siglo XIX poseía un sentido extendido del control sobre el comercio, las familias y las relaciones sociales en general e intervendrá a los hombres bajo unas categorías especificas: mendigos, alcohólicos, delincuentes, interdictos, pervertidos y locos furiosos; Y 2) con el advenimiento de la industrialización antioqueña el juicio sobre los hombres se fijara por su capacidad para amar y trabajar. Ahora, en cuanto a la figura espacial del Manicomio Departamental de Antioquia esta debe ser relacionada con (III) Los administradores de la pobreza y vigilantes del cuerpo: 1) Las hermanas de la caridad y la Beneficencia de Antioquia a finales del siglo XIX y la primera década del siglo XX y 2) Los Médicos, los psiquiatras y la Junta de Higiene Departamental. Este esfuerzo institucional es representado por una (IV) Desterritorialización y confinamiento de la locura: 1) Locuras errantes, 2) Las casas de locos y 3) El Manicomio Departamental. En este último es donde se hace posible y se condensa (V) El jardín de las especies y las celdas psicopatológicas: 1) Nosologías de la psiquiatría en Colombia. Al mismo tiempo este espacio condensa (VI) Las tecnologías médicas y psiquiátricas: 1) Tratamiento moral, 2) confinamiento y 3) el trabajo. Todo este recorrido debe necesariamente finalizar en una (VII) Ética diferencial sobre la locura: que permita concebir a 1) La salud y la enfermedad mental en sentido extramoral y extramural. La visualización de los valores inherentes a discursos y prácticas permitirá inferir los aspectos subjetivos que se han negado de la subjetividad de la locura.

Si el proyecto genealógico de la locura busca movilizar la mueca petrificada por la solemnidad de la historia institucional de la psiquiatría en Antioquia en el cuerpo y en el rostro afligido de la locura, dicho proyecto debe generar una risa ante este rostro: las ironías que encierra las tragedias del hombre siguen siendo la expresión por excelencia de su condición humana. Éste proyecto investigativo considera que la locura ha sido objetivada en un cuerpo, su subjetividad ha sido negada y por tal la reconstrucción histórica de dicha subjetividad sólo puede ser ficcionada. Por ello la historia del Manicomio Departamental no debe prometer la verdad sobre la locura en Antioquia, sino mostrar una locura verosímil a su contexto al ficcionarla bajo las imágenes que producen sus metáforas. Tampoco debe ofrecer quitar la venda a los ojos de la sociedad para mirar a la locura en su confinamiento, sino pedirle que los cierre para que se la imagine libre por las calles de Medellín. La genealogía de la locura y del manicomio no pretende llevar la luz a sus espacios, sino enseñar la oscuridad de sus celdas.





ARCHIVO HISTÓRICO

Archivo de Historias Clínicas del Hospital Mental de Antioquia.
Archivo Histórico de Antioquia.
Archivo Histórico de Medellín.
Archivo Histórico Judicial de Medellín.
Repertorio Histórico: Organo de la Academia Antioquena de Historia.
Anales de la Academia de Medicina de Medellín.

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[1] Conferencia para las jornadas de Genealogía y epistemología de los saberes psicológicos en el marco del Seminario en el horizonte Nietzsche ↔ Foucault. Lugar: Teatro municipal de Envigado. Fecha: Noviembre 19 y 20 de 2008.


[2] FOUCAULT, Michel. Nietzsche, la genealogía, la historia. En Microfísica del poder. Ed La Piqueta. España, 1992.
[3] SENNETt, Richard. Carne y piedra. Ed Alianza. 1997.
[4] BETANCUR SERNA, José Domingo. Aproximación al problema de orden físico-arquitectónico de un hospital mental, primera parte, caso: hospital mental de Antioquia bloque E. Universidad de Antioquia, Facultad Nacional de Salud Pública, Medellín, 1987.
[5] Ibid., pág., 21.
[6] Ibid., pág., 5-8.
[7] Ibid., pág., 14.
[8] Ibid., pág., 25.
[9] Ibid., pág., 27.
[10] UPEGUI, María de Jesús. A.H.M.. Comunicación de la directora de la Casa de Locos al Presidente de la Corporación. Tomo 247, Medellín, 1892, folio 406. Citado en LÓPEZ VÉLEZ, RUEDA y SUÁREZ QUIROZ. Historia institucional y terapéutica del hospital mental de Antioquia en sus 125 años. En Revista Epidemiológica de Antioquia. Medellín, 2007.Vol. 29 Nº 01 enero-junio 2007. Pág., 26-27.
[11] BETANCUR SERNA, José Domingo. Op. Cit., pág., 30.
[12] Ibid., pág., 7-9.
[13] Ibid., pág., 9.
[14] ROSSELLI, Humberto. Historia de la psiquiatría en Colombia. Ed Horizontes, 1968.
[15] DE LOS RÍOS, Alfredo. Un siglo de psiquiatría en Antioquia. En: Boletín Comité Historia de la Medicina. Medellín, 1981. V. 3 Nº 1.
[16] LÓPEZ VÉLEZ, RUEDA y SUÁREZ QUIROZ. Historia institucional y terapéutica del hospital mental de Antioquia en sus 125 años. En Revista Epidemiológica de Antioquia. Medellín, 2007.Vol. 29 Nº 01 enero-junio 2007.
[17] LÓPEZ VÉLEZ, GRACIA ESTRADA, RUEDA y SUÁREZ QUIROZ. Historia institucional y terapéutica del hospital mental de Antioquia en sus 125 años. Investigación del Centro de Investigaciones Sociales y Humanas (CISH). Universidad de Antioquia. Medellín, 2006.
[18] LÓPEZ VÉLEZ, RUEDA y SUÁREZ QUIROZ. Op. Cit., pág., 35.
[19] Ibid., pág., 45.
[20] Ibid., pág., 50.
[21] Ibid., pág., 41-46.
[22] Ibid., pág., 25-26.
[23] MONTAGUT, Claudia Maria. El discurso psiquiátrico en Antioquia 1870-1930: una cartografía de la exclusión. Universidad Nacional. Medellín, 1997. Este trabajo reposa en la colección de monografías de la biblioteca de la Universidad Nacional sede Medellín.
[24] Ibid., pág., 185.
[25] Ibid., pág., 54-68.
[26] Ibid., pág., 192-202.
[27] Ibid., pág., 40-48.
[28] Ibid., pág., 110.
[29] CAMACHO, Martín. Criminología. Imprenta Arboleda y valencia. Bogotá, 1916.
[30] BUENDÍA, Nicolás. Las monomanías impulsivas, estudio clínico y médico-legal. Tesis. Imprenta de la Luz. Bogotá, 1928.
[31] MEJÍA, Rafael J. Práctica médico-legal. Tesis de medicina. Imprenta Universidad de Antioquia, 1931.
[32] MARTÍNEZ, Miguel. Criminalidad en Antioquia. Tesis de derecho. Imprenta Universidad de Antioquia, 1895.
[33] MONTAGUT, Claudia María. Op. Cit., pág., 114.
[34] JIMÉNEZ, Miguel. La locura en Colombia y sus causas. Revista cultural. Año II. Tomo II. Bogotá. Agosto de 1916. Nº 16 Lección inaugural del curso de clínica de patología mental.
[35] ESCOBAR, Lázaro. Neurastenia. Tesis. Medellín: imprenta departamental. 1900.
[36] CAMGUILHEM, Georges. Lo normal y lo patológico (1943). Ed Siglo XXI. México, 1971.
[37] DE LOS RÍOS. Op. Cit., pág., 56-57.
[38] Nietzsche. Introducción a la teorética sobre la verdad y mentira en el sentido extramoral. En El libro del filósofo. Ed Taurus. Madrid, 2000. Pág., 91.
[39] NIETZSCHE. Genealogía de la moral. Ed Alianza. Madrid, 1984. Pág., 66.
[40] Ibid., pág., 68.
[41] FOUCAULT. Nietzsche, la genealogía, la historia. En Microfísica del poder. Ed La piqueta. Madrid, 1992. Pág., 9-10.
[42] NIETZSCHE. Op. Cit., pág., 174-175.
[43] FOUCAULT. Op. Cit., pág., 12-13.
[44] Ibid., pág., 16-17.
[45] NIETZSCHE. Op. Cit., pág., 69-72.
[46] FOUCAULT. Op. Cit., pág., 25-28.